Amor Peligroso

Capítulo 40: El reino de los inmortales

El amanecer se derramó sobre el archipiélago de Natuna con una serenidad limpia y dorada. En la dársena subterránea de Pulau Laut, las aguas tranquilas reflejaban el casco imponente del Acheron, cuyas turbinas permanecían apagadas por primera vez en semanas de navegación ininterrumpida. La caverna de basalto ya no albergaba el olor a pólvora quemada ni la histeria de los preparativos bélicos; los guardias de Madam Chiyo montaban guardia con una disciplina serena, y las consolas operativas registraban un flujo incesante de datos comerciales que consolidaban la paz armada en todo el Pacífico.

Trescientos metros más arriba, la terraza suspendida sobre los arrecifes recibía la brisa tibia del ecuador. La mesa de obsidiana donde la noche anterior habían sellado su juramento de sangre conservaba las dos copas de plata vacías y el reflejo del sol naciente sobre la piedra volcánica.

Dante Vane salió a la terraza descalzo, vistiendo un pantalón de lino blanco y una camisa de seda oscura desabrochada sobre el pecho.

En su mano derecha sostenía una taza de café negro recién destilado; la izquierda descansaba en el bolsillo, con los dedos acariciando el borde del anillo antiguo de la Camorra. Su figura conservaba la envergadura imponente de un emperador del bajo fondo, pero las líneas de tensión que antes le endurecían la frente se habían disipado. Sus ojos grises, fijos en el horizonte infinito donde el cielo y el mar se fundían en oro líquido, contemplaban las rutas que durante cuatro generaciones habían costado miles de vidas y que ahora le pertenecían por entero.

Unos pasos silenciosos sobre los tablones de teca acompañaron la llegada de Kaia.

Llevaba un quimono de seda esmeralda largo hasta los tobillos, con las mangas amplias flotando al viento y la cinta ceñida a su cintura estrecha. Su cabello oscuro, libre de trenzas tácticas, caía suelto sobre sus hombros limpios; en su dedo anular, el zafiro birmano resplandecía con una frialdad azul y regia sobre su piel dorada. No llevaba armas a la vista, ni chalecos balísticos, ni dispositivos criptográficos en la muñeca. Se detuvo a su lado, apoyando un hombro contra el brazo macizo de Dante y deslizando su mano izquierda por su torso desnudo hasta posar la palma sobre su corazón.

Dante no necesitó hablar. Dejó la taza sobre la barandilla de cristal y la rodeó con su brazo, atrayéndola contra su costado con una posesión sosegada y absoluta. Kaia dejó caer la cabeza sobre el hombro de él, aspirando el aroma a madera, sal marina y esa presencia indestructible que le devolvía el aire.

—Kenji envió el balance final hace media hora —dijo Kaia en un susurro templado, su voz vibrando con la tranquilidad de quien ya no necesita contar municiones—. Las doce terminales de Taiwán operan sin retrasos bajo la bandera de Mei-Ling. El consorcio de astilleros de Vladivostok traspasó formalmente sus cuotas de navegación hacia Singapur. Y en Tokio, Madam Chiyo asumió la presidencia honoraria de la cámara de comercio marítimo. No hay una sola orden de captura activa en las agencias internacionales; los dos morimos oficialmente en el delta del río Perla y nadie tiene interés en resucitar a los fantasmas.

Dante bajó la vista hacia ella, rozándole la frente con los labios antes de responder:

—Los muertos gobiernan mejor que los vivos, reina mía. Los vivos tienen vanidades, familias que traicionan y deudas que no pueden pagar. Nosotros ya pagamos todas nuestras deudas en Macao.

Kaia alzó el rostro, clavando sus ojos verde avellana en las pupilas grises de Dante. Sus dedos subieron por la mandíbula firme del italiano, acariciando la línea afilada de sus pómulos y deteniéndose en la comisura de sus labios. La pequeña cicatriz bajo su ojo izquierdo brillaba como una condecoración sagrada a la luz del sol.

—Marcus Thorne creyó que me creaba para ser un perro de presa —dijo ella, con una media sonrisa hermosa y despiadada—. Helena creyó que era una inversión desechable. Y Don Carmine creyó que podías ser reemplazado por sicarios baratos en Tokio. Ninguno entendió que al intentar destruirnos solo lograron vaciarnos de miedo.

—Nos quitaron todo lo que nos hacía débiles, fénix —murmuró Dante con su voz cavernosa, deslizándole la mano por la espalda hasta sujetarle la cadera con una fuerza firme que borró cualquier distancia—. Y nos dejaron lo único que no podían quitarnos: el fuego que nos une.

Kenji apareció en el extremo de la terraza, vistiendo un traje gris impecable. Se detuvo a cinco metros de distancia con una reverencia solemne y una discreción impecable.

—Señor Vane, señora Vane —anunció el lugarteniente, utilizando por primera vez el título formal con una naturalidad absoluta—. El hidroavión ejecutivo para el vuelo de inspección a las islas Batanes está listo en la plataforma sur. No obstante, las comunicaciones de todas las terminales están en silencio operativo; el mando de la base de Natuna queda transferido a la guardia regular bajo mis órdenes. Tienen despejado el calendario por tiempo indefinido.

Dante miró a su lugarteniente, asintiendo con un gesto lento y solemne de reconocimiento:

—Cancela el hidroavión, Kenji. Hoy no inspeccionaremos nada. El mar sabe perfectamente quién manda sin necesidad de que volemos sobre él. Tómate cuarenta y ocho horas de permiso con la guardia.

Kenji sonrió con una inclinación respetuosa, comprendiendo la magnitud del momento:

—Entendido, señor. Larga vida a los señores de la Alianza.

El lugarteniente dio media vuelta y abandonó la terraza, cerrando las compuertas de acceso y dejando la cima del atolón sumergida en la más absoluta soledad.




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