Grace
No conseguía dormir bien. Cada vez que cerraba los ojos, el mismo momento volvía a mi cabeza. El sofá, el silencio de la casa, la mano de Ethan entrelazada con la mía.
Y aquel beso…
Me giré en la cama y escondí el rostro entre las almohadas. No podía creer que hubiera pasado, pero pasó, era real.
Realmente el beso había sucedido, y lo peor, era que no me arrepentía.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera evitarlo.
—Genial —murmuré para mí misma—. Ahora tampoco podía dejar de sonreír.
Me levanté antes de seguir pensando demasiado.
Cuando llegué a la cocina, Lily ya venía caminando detras mí, abrazando al señor Nieves como siempre.
—Buenos días, Grace —exclamó su pequeña voz.
—Buenos días, pequeña —respobdí al acercarme y acomodar un mechón de cabello detrás de su oreja.
—¿Dormiste bien? —le pregunté a Lily mientras terminaba de acomodar los cubiertos en la mesa y la ayudaba a acomodarse.
—Sí —respondió la pequeña, acururrucando un poco más al oso de peluche.
—¿Y el señor Nieves?
Lily miró al oso por un momento.
—También.
—Me alegro.
Comencé a preparar el desayuno, intentando concentrarme en algo que no fuera el hombre que todavía no había bajado.
Pero entonces escuché pasos en las escaleras.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Levanté la mirada.
Ethan apareció en la entrada de la cocina.
Nuestros ojos se encontraron.
Y todo volvió a mi mente: el beso, su mano en mi mejilla, su sonrisa. Sentí cómo mis mejillas comenzaban a calentarse de inmediato.
—Buenos días —dijo él, cruzando el umbral.
Su voz sonaba completamente normal. Demasiado normal comparado al caos en mí cabeza.
—Buenos días —respondí, intentando volver a concentrarme en la sartén.
—¿Dormiste bien? —preguntó mientras se acercaba despacio a la cafetera.
—Sí —mentí sin atreverme a mirarlo de frente.
—¿Tú?
—Más o menos —admitió él.
Lo miré de reojo, sintiendo una ligera curiosidad.
—¿Por qué?
Se sirvió café en silencio antes de responder.
—Estuve pensando.
Mi corazón dio un pequeño salto en el pecho.
—¿En qué? —quise saber, conteniendo la respiración.
Ethan me miró fijamente por encima del borde de la taza.
—En muchas cosas.
No dijo nada más, y yo tampoco me atreví a presionar.
En ese momento, Lily comenzó a golpear suavemente la mesa con su cuchara, rompiendo la tensión.
Los dos la miramos al mismo tiempo.
Ethan sonrió, aliviado.
—Creo que alguien tiene otras prioridades.
—Sí —respondí, sumamente agradecida por la interrupción—. Creo que si no le sirvo el desayuno, la cocina se volverá un campo de guerra —dije riendo suavemente.
—No sería la primera vez —bromeó él.
Lily soltó una carcajada también y mantuvo su sonrisa inocente.
El momento se volvió más sencillo, más normal. Y quizás eso era justo lo que necesitábamos en ese instante.
Después del desayuno, Ethan se preparó con calma para ir a la empresa.
Lo observé desde la sala mientras se ponía el saco frente al espejo del recibidor. Había algo extraño en verlo actuar como siempre después de lo que había pasado entre nosotros. Como si anoche no hubiera cambiado nada en absoluto.
Pero para mí sí había cambiado. Mucho.
—Grace —me llamó de pronto.
Levanté la mirada, sorprendida.
—¿Sí?
—¿Estás bien? —preguntó con un deje de genuina preocupación en la voz.
—Sí, todo bien —mentí con una sonrisa leve.
Él sonrió de costado.
—Bien.
Se acercó a Lily, que ya estaba jugando entretenida en el suelo con sus bloques.
—Pórtate bien, pequeña —le pidió acariciándole el cabello.
—¡Claro papi! —respondió ella sin dejar de armar su torre.
—Eso mismo dijiste ayer.
—Y fue verdad.
Ethan me miró divertido, arqueando una ceja.
—¿Tú qué dices, Grace?
—No voy a meterte en esto —dije negando con la cabeza, riendo por lo bajo.
Él soltó una pequeña risa ronca. Después volvió a mirarme y se quedó en silencio por un segundo.
Por un instante pensé que iba a mencionar lo ocurrido anoche, pero no lo hizo. Solo dio un paso hacia mí.
—Nos vemos esta tarde —se despidió con suavidad.
—Nos vemos —asentí.
Sus ojos permanecieron fijos en los míos durante unos segundos largos y cargados de significado.
—Grace... —murmuró.
—¿Sí?
Pareció dudar, sopesando las palabras en su mente.
—Nada —suspiró al fin, dedicándome una sonrisa tierna—. Que tengas un buen día.
—Tú también.
Lo observé salir, y solo cuando la puerta principal se cerró con un clic suave me permití respirar con tranquilidad.
La mañana pasó entre juegos y dibujos en la alfombra de la sala.
Lily estaba especialmente activa y no tardó demasiado en llenar la mesa de café con hojas de colores y lápices desparramados.
—Grace, mira —me llamó con entusiasmo.
Me tendió una hoja llena de trazos infantiles.
—Es muy bonito pequeña.
—Somos nosotros —explicó señalando tres figuras torcidas simulando ser personas, pero quien soy yo para juzgar, probablemte dibujaría peor.
Miré el dibujo atentamente, una era ella, otra era Ethan, y la tercera...
—¿Esa soy yo? —le pregunté señalando la figura de la derecha.
—Sí —respondió sonriendo muy orgullosa—. Estamos todos juntos.
Sentí una oleada de calor inexplicable en el pecho.
—Me encanta, Lily.
La niña tomó otro lápiz de cera con determinación.
—Papi también está aquí —agregó.
—Sí, ya lo veo.
Me quedé mirando el dibujo fijamente. Estamos todos. Era una frase sencilla, casi inocente, pero por alguna razón se quedó resonando en mi cabeza.
Ethan volvió a casa un poco más tarde de lo habitual debido al tráfico.