Grace
Había algo diferente en la forma en que me sentía últimamente. No sabía exactamente cuándo había comenzado, pero cada vez me resultaba más difícil ignorarlo. Ethan se había convertido en alguien importante para mí. Mucho más de lo que había imaginado cuando llegué a aquella casa. Ya no era solo el padre de Lily, ni el hombre para el que trabajaba. Era la persona con la que quería compartir mis días, contarle lo que me había pasado, escuchar cómo había sido su día y, simplemente, estar…
Y eso me asustaba.
Después de todo lo que había vivido, volver a confiar en alguien no era sencillo. Mucho menos permitir que alguien pudiera importarme tanto. Pero, al mismo tiempo, había algo tranquilizador en saber que podía sentir aquello otra vez. Quizás no tenía que entenderlo todo todavía, solo tenía que permitirme sentirlo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería huir de lo que sentía.
—Grace —me llamó Lily, con esa voz suave que siempre lograba sacarme de mis pensamientos.
—¿Sí? —respondí, girándome hacía ella.
—¿Me ayudas? —preguntó ladeando la cabeza, con una expresión de total concentración.
Me acerqué a ella con una sonrisa cálida. Estaba sentada en el suelo de la sala, rodeada de lápices de colores y hojas esparcidas por todas partes.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, sentándome a su lado en la alfombra.
—Una casa —contestó sin levantar la vista del papel.
—¿Para quién? —inquiriendome con curiosidad.
Lily tomó un lápiz con fuerza y señaló tres pequeñas figuras que había dibujado con esmero.
—Para nosotros —dijo, mirándome con sus grandes ojos brillantes.
Sonreí, sintiendo una ternura infinita.
—¿Nosotros? —repetí, queriendo escucharla decirlo otra vez.
—Sí. Papi, tú y yo —afirmó con total naturalidad.
Sentí una pequeña presión en el pecho, un calor extraño que se extendió por todo mi cuerpo.
—Es muy bonita —admití, acariciando suavemente su cabello.
—Falta una cosa —murmuró frunciendo el ceño.
—¿Qué? —le pregunté expectante.
Lily tomó un lápiz de otro color y dibujó una pequeña figura peluda junto a las otras.
—El señor Nieves —exclamó con orgullo.
Solté una risa suave, contagiada por su entusiasmo.
—Por supuesto. No podía faltar —le seguí el juego.
Lily sonrió orgullosa, convencida de su obra maestra, y continuó coloreando con dedicación.
La observé durante unos segundos en silencio. Había algo en esos pequeños momentos que todavía me parecía difícil de creer. Una casa. Una familia. Un lugar al que regresar.
Ethan llegó a casa poco después, abriendo la puerta con las llaves en la mano.
—¡Papi! —gritó Lily emocionada.
Corrió hacia él a toda velocidad y se arrojó a sus brazos.
—Hola, pequeña —saludó él con una carcajada cálida, besando su frente.
La levantó en brazos con facilidad y ella comenzó a contarle, a toda velocidad y gesticulando con las manos, sobre su dibujo.
—Hice una casa y está el señor Nieves, Grace y... —paró un segundo para tomar aire.
—¿También estoy yo? —preguntó Ethan con una sonrisa divertida.
—¡Sí, claro!
—Entonces quiero verla —respondió él, caminando hacia la sala mientras la sostenía.
Los observé desde la cocina, apoyada en el umbral con los brazos cruzados y una sonrisa inevitable en los labios. En ese instante, Ethan levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron en la penumbra del pasillo.
Sonrió de medio lado, con esa complicidad que ya nos pertenecía.
Yo también le sonreí. No hacía falta decir nada; el silencio entre nosotros era cómodo y lleno de certezas.
Después de cenar, Lily se quedó jugando entretenida en la sala mientras nosotros recogíamos los platos en la cocina.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Ethan de repente, apoyándose contra la encimera mientras secaba un plato con calma.
—Bien —respondí sin mirarlo del todo, centrada en el agua que corría por el fregadero.
—¿Solo bien? —insistió con una ceja alzada y una ligera sonrisa burlona.
—Bastante tranquilo —admití, volviéndome hacia él.
—Eso es bueno —murmuró con tono aprobatorio.
Asentí, sintiendo su mirada fija en mí.
Estaba a punto de hablar cuando el timbre de la puerta resonó de repente en la casa.
Fruncí el ceño de inmediato, sobresaltada por el ruido repentino.
—¿Esperabas a alguien? —le pregunté dudando.
Ethan negó con la cabeza lentamente, dejando el plato a un lado.
—No —respondió con voz más seria.
Se secó las manos rápidamente con un paño de cocina y dio un paso al frente.
—Voy yo —dijo, dirigiéndome una mirada precavida.
Lo seguí con la mirada mientras caminaba con paso firme hacia la puerta principal. Escuché cómo giraba el cerrojo y la abría con cautela.
—¿Sí? —preguntó al vacío del pasillo.
Hubo unos segundos de silencio absoluto.
Después escuché su voz, llamándome en un tono bajo:
—Grace.
Me acerqué con el corazón latiéndome en la garganta.
—¿Qué pasa? —le pregunté, asomándome a su lado.
Ethan tenía un sobre blanco y rígido en la mano.
—Estaba en la puerta —explicó, mostrándomelo con desconfianza.
Lo miré fijamente. No tenía remitente, ni sello postal. Solo la dirección escrita con una caligrafía extraña y mi nombre.
Sentí un extraño escalofrío recorrerme todo el cuerpo, congelándome la sangre.
—¿Para mí? —susurré, incrédula.
—Eso parece —contestó él, con la mandíbula tensa.
Ethan me lo entregó despacio. Lo tomé con cuidado, sintiendo el papel frío entre mis dedos. No sabía por qué, pero algo dentro de mí ya sabía que aquello no traía nada bueno.
Abrí el sobre con manos torpes. Dentro había una sola hoja doblada por la mitad. Tres líneas escritas a ordenador.
Las leí una vez. El mundo pareció detenerse.
Después otra, incapaz de procesarlo.