Entre dolor y promesas

Capítulo 36

Ethan

Había pensado que después de las amenazas sería difícil volver a la normalidad. Y, durante un par de días, lo fue. No porque Grace hubiera cambiado conmigo. Seguía siendo la misma de siempre. Seguía preparando el desayuno mientras Lily intentaba convencerla de hacerle un nuevo peinado extravagante, seguía dejando una taza de café sobre mi escritorio cuando sabía que iba a tener una mañana larga.

Pero yo estaba más atento ahora…

A cada ruido en la puerta, a cada llamada desconocida, a cualquier cosa que pudiera hacerla sentir insegura. No quería que lo notara, aunque probablemente ya lo había hecho porque no podía evitarlo.

Bajé las escaleras esa mañana y encontré a Lily sentada sobre la encimera, con el cabello desordenado y una cuchara en la mano.

—Papi —saludó con una sonrisa traviesa.

—Buenos días —respondí, acercándome para darle un beso en la frente—. ¿Qué estás haciendo?

Lily señaló el bol que tenía delante, con orgullo.

—Ayudando a Grace.

Miré a Grace. Estaba frente a la cocina, intentando no reírse mientras mezclaba algo enérgicamente con una espátula.

—¿Ayudándola o comiéndote los ingredientes? —pregunté arqueando una ceja.

Lily negó con la cabeza muy seria, apretando los labios.

—Ayudando.

Grace soltó una pequeña risa, apoyándose contra el borde de la encimera.

—Ha probado la mezcla tres veces.

—Cuatro —corrigió Lily de inmediato, levantando un dedo.

—Gracias por la honestidad —dije con ironía y reí.

Lily sonrió, triunfante.

Me quedé observándolas durante unos segundos. No sabía exactamente cuándo había empezado a acostumbrarme a esa imagen.

Grace en mi cocina.

Lily riéndose con ella.

Una taza de café esperándome.

La sensación de llegar a casa y encontrar algo más que silencio.

Había pasado tanto tiempo intentando mantener mi vida ordenada que nunca me había detenido a pensar en lo extraño que era volver a sentirla llena.

—¿Qué preparan? —pregunté, apoyando las manos en la barra.

—Galletas —respondió Grace sin dejar de sonreír.

—¿Galletas?

—Sí —Lily levantó la cuchara llena de masa—. Para ti.

La miré sorprendido, parpadeando un par de veces.

—¿Para mí?

—Solamente una.

Grace negó con la cabeza, divertida.

—No digas eso Lily, son para todos —agregó Grace.

—Pero una es para papi y las demás para nosotras —insistió la pequeña con tono testarudo y su sonrisa traviesa característica.

Sonreí, mirándola a los ojos y negando con la cabeza, definitivamente esta pequeña es mi hija.

—Entonces tendré que asegurarme de que esa sea la más grande.

—No, no—dijo Lily inmediatamente, protegiendo el bol con los brazos.

Grace se rió, sacudiendo la cabeza con una sonrisa divertida, mientras dejaba la espátula a un lado.

—Lo siento, parece que no eres el favorito de casa hoy.

—Me queda claro —bufé con fingida resignación, apoyando una mano en el corazón.

Lily se inclinó hacia mí, cómplice, y bajó la voz como si estuviera revelando un gran secreto:

—Aunque te puedo dar una extra si me compras nuevos lápices.

—Mírate, ya eres toda una empresaria como papá —le guiñé un ojo y volví a sonreírle.

Grace me observó desde el otro lado de la cocina. Nuestros ojos se encontraron de golpe. Y durante unos segundos ninguno dijo nada.

Me gustaba esta nueva complicidad entre nosotros, había algo diferente desde aquella noche. Algo que todavía no sabíamos cómo nombrar, pero que estaba ahí. Y, por primera vez en mucho tiempo, me alegraba sentirlo.

Durante el resto de la mañana intenté trabajar desde casa.

Intenté.

Porque cada pocos minutos aparecía Lily con alguna razón diferente para entrar en mi oficina, empujando la puerta con cuidado. Primero necesitaba que viera su dibujo, sosteniendo la hoja entre sus manos. Después quería enseñarme una pieza de su rompecabezas. Luego simplemente apareció con el Señor Nieves bajo el brazo, se detuvo en medio de la habitación y se quedó mirándome fijamente.

—¿Qué pasa? —le pregunté, rindiéndome ante el teclado.

—Nada —respondió ella muy tranquila.

—Entonces, ¿por qué me miras así?

—Porque sí —contestó con total naturalidad.

—Muy buena razón —dije con una sonrisa.

Se acercó a mi escritorio y apoyó las manos en la madera.

—¿Estás trabajando?

—Sí.

Miró la pantalla con desinterés.

—¿Es aburrido?

—Muchísimo.

—Entonces ven —dijo, tirando levemente de mi manga.

—¿Adónde?

—A jugar.

La miré con una mezcla de ternura y desesperación.

—No puedo.

Lily cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el ceño.

—Sí puedes.

No pude evitar reírme, recostándome en el respaldo de la silla.

—¿Eso crees?

—Sí.

En ese momento escuché pasos suaves en el pasillo. Grace apareció en el marco de la puerta, cruzándose de brazos y apoyándose en el umbral.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con una ceja alzada.

—Papi está trabajando —explicó Lily con tono formal —Pero es aburrido, así que lo invité a jugar.

Grace me miró y después miró a Lily, evaluando la situación con una sonrisa divertida.

—No creo que papá pueda abandonar una reunión por una construcción de Legos pequeña.

—No es una reunión, estaba terminando unos informes—dije y me arrepentí al instante, gran error.

Grace arqueó la ceja con una expresión de picardía.

—Entonces puedes jugar —sentenció ella, dándole la razón a la niña.

La traición fue inmediata. Abrí los ojos fingiendo dramatismo.

—Tú también estás de su lado.

Grace se encogió de hombros, inmutable.

—Lo siento.

Lily tomó mi mano con fuerza, tirando de mí hacia abajo.

—Vamos.

Miré la pantalla de la computadora con los correos sin responder y los informes incompletos. Después la miré a ella, y finalmente a Grace. Suspiré profundamente.




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