Hotel pasión

Capítulo 38 CANDELARIA

El señor Acosta bajó la cabeza, apenado. Se sentía tan mal que no se atrevía a mirar a los ojos a Candelaria, que apenas pudo decir con voz quebrada:

—No me parece justo, yo sólo hice lo que me ordenó.

—¿Me está diciendo mentiroso?

—No, señor, perdón. De pronto es que usted no se acuerda. Eso pasa.

—Señorita, llevo más de dieciocho años manejando la contabilidad de este hotel y sé muy bien lo que se debe y no se debe hacer. Por eso, jamás, ¿me entiende? ¡Jamás!, le daría una orden así. Acéptelo, cometió un error; ahora asuma las consecuencias. Además, con su ineptitud metió al hotel en un problema que me toca arreglar personalmente, de modo que agradezca que sólo la estamos despidiendo y no tomamos otras acciones en su contra.

Candelaria se quedó en silencio, una mezcla de rabia, impotencia e indignación le impedía decir nada. Acosta levantó por fin la cabeza para mirarla.

—Creo que no tenemos nada más de qué hablar. Por favor pase a tesorería por su liquidación y le aconsejo que, en futuras ocasiones, ponga más cuidado si es que le interesa seguir trabajando como secretaria. Que tenga un buen día.

Furiosa por la injusticia que estaban cometiendo con ella, Candelaria pensó en irse sin ni siquiera despedirse de él. Sabía que le había dado esa orden, pero no podía probarlo. Y como era el jefe, tenía la última palabra. Entonces recordó la dedicación y el esmero que Acosta siempre puso en enseñarle, en corregirla; en todas las veces que le perdonó los errores que cometía cuando recién comenzó. Por eso se le hizo todavía más extraño su comportamiento. No tenía sentido que, de un día para otro, la acusara de algo de lo que estaba segura que él sabía que no era así.

—De todos modos —dijo—, le agradezco por la oportunidad, aprendí mucho con usted. También quiero que sepa que lo voy a recordar siempre con cariño, que no le guardo ningún rencor y que le deseo lo mejor.

Al señor Acosta se le hizo un nudo en la garganta. Por un momento estuvo tentado en decirle la verdad, pero no se atrevió. Lamentó tener que portarse así, había aprendido a querer a esa muchacha y le dolía hacerla sufrir.

—Disculpe —dijo sin mirarla de nuevo—, pero tengo que arreglar el desastre que hizo.

Candelaria, dolida, abandonó la oficina llorando. No alcanzó a ver cómo el señor Acosta le encontraba un nuevo uso a sus infaltables manguitos, uno que nunca pensó que pudieran tener: el de paño de lágrimas.

Caminando como una sonámbula atravesó los pasillos que llevaban al área de servicio, los mismos por los que tuvo que ir y venir tantas veces a las carreras, para que nadie descubriera su secreto. Cuando llegó a las cocinas, se sentía tan furiosa y frustrada porque todos sus sueños se habían ido al demonio, que se desfogó con lo primero que encontró y tiró al piso una pila de bandejas de uno de los aparadores. El estruendo paralizó el ritmo frenético de los cocinados. Petra, alarmada, corrió a ver qué le pasaba. Candelaria la abrazó llorando. Francisco, que no le había quitado los ojos de encima desde que llegó, se acercó altanero.

—No voy a permitir ese tipo de comportamientos en mi cocina —dijo.

—No la moleste ahora — dijo Petra y lo fulminó con la mirada.

Pero el flacuchento insistió, regodeándose.

—Eso le pasa por arribista, por no saber cuál es su lugar. Me alegra, me alegra mucho; ahora, por fin, le va a tocar aceptar que nunca será más que una miserable sirvientica.

Candelaria sintió como si un velo rojo le nublara la visión, y lo siguiente de lo que fue consciente era que estaba descargando una andanada de golpes sobre el flacuchento, mientras que Petra y Gerard intentaban apartarla. Cuando lo lograron, Petra trató de calmarla, pero Francisco comenzó a vociferar indignado.

—Usted no puede permitir esto, señor —le dijo a Gerard—. Tiene que echarla ya mismo, esta mujer es un peligro. Mire cómo me dejó.

—De aquí no se va nadie —replicó el chef con firmeza—, y menos ella. —Luego le sonrío amable a Candelaria—. Por el contrario, quiero decirle que en mi cocina siempre será bienvenida y que me encantaría que pudiéramos trabajar juntos para enseñarle lo poco que sé.

—¿Y qué quiere? ¿Que le agradezca? —Candela seguía respirando agitada, con una expresión de odio que le enturbiaba la mirada—. ¿Para qué voy a trabajar en una cocina? ¿Para terminar siendo una sirvientica infeliz, como dice el desgualamido de su asistente? Porque todos aquí sabemos que ese es el futuro que le espera a una mujer en una cocina profesional, por más talento que tenga y por mucho que se esfuerce. Gracias, pero no.

Candelaria sabía que iba a echarse a llorar en cualquier momento y no quería darles el gusto de que la vieran, así que buscó la puerta y salió lo más rápido que pudo a pesar de las llamadas angustiadas de Petra.

—Mija, espera, no te pongas así —le gritó. Como no pudo detenerla, volteó hacia Gerard y se disculpó por ambas—. Perdónela, chef, ella no quiso ser grosera, no es nada en contra suya, es solo que está muy alterada.

—Lamentablemente tiene toda la razón del mundo —refunfuñó Gerard con un dejo de tristeza—. Las grandes cocinas no son un lugar donde se valore el papel de las mujeres. A personas como usted, o como su hija, a pesar del enorme talento que tienen no les reconocen su verdadero lugar y las mantienen por debajo de gentes como yo, por el simple hecho de que somos hombres.




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