El resto de la tarde transcurrió entre las labores de la casa y el cuidado del bebé, pero la cabeza la tenía puesta en la llamada que nos habían interrumpido tan abruptamente. Cerca de la hora en la que terminaba su turno de la mañana, el teléfono volvió a sonar con un mensaje de Gerardo pidiéndome disculpas por haber tenido que colgar de esa manera tan apresurada, asegurándome que la visita sorpresa a su puerta había sido una falsa alarma de última hora.
Pasado ese susto, la conversación se puso seria y directa hacia lo que nos importaba. Gerardo me avisa por el chat que ya tiene el día exacto de su viaje a la capital por los repuestos de la oficina, pidiéndote —y exigiéndome con esa urgencia que lo caracterizaba— que fuera preparando todo lo de la excusa del consulado para poder concretar la cita sin levantar sospechas en casa. Me indicó la fecha exacta, calculando los días precisos para que todo encajara a la perfección, y me pidió que le confirmara si el plan seguía en pie. Le respondí que sí, que por mi parte empezaría a averiguar lo de los papeles del niño para armar bien la coartada.
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A partir de ahí, pasamos un par de días de relativa calma donde ambos procesamos la idea del viaje próximo y toda la tensión acumulada con el tema del juguete sexual. Aquellos días se sintieron extraños, marcados por una tensa espera que manteníamos viva a través de mensajes pícaros y miradas cómplices por nuestro correo electrónico exclusivo. Cada vez que él me escribía desde su cuenta privada, la conversación derivaba inevitablemente en lo que haríamos apenas estuviéramos juntos en la capital, repasando mentalmente los detalles del hotel, el momento de ir por el plug anal de principiantes y las ganas inmensas de volver a perdernos el uno en el otro. La distancia y la rutina diaria intentaban ponernos freno, pero la chispa seguía más encendida que nunca, preparándonos para el momento en que finalmente pudiera dar el paso y subir a encontrarnos.