La Amante.

Capitulo 41.

Con la respiración agitada y la mirada encendida por el deseo desbordado, Gerardo se apartó un poco y me indicó con un gesto imperativo que me pusiera en cuatro sobre la cama. Sin dudarlo, obedecí de inmediato, apoyando las manos y las rodillas en las sábanas, arqueando la espalda y dejando mi cuerpo completamente a su disposición.

Él se acomodó justo detrás de mí, sintiendo su calor abrasador antes de que me tocara. Con una mano me sujetó firmemente de la cadera, acercándome más a él, mientras con la otra guiaba su miembro ya empapado y duro directo hacia mi ano.

Cuando comenzó a empujar con firmeza, un gemido agudo y ahogado se me escapó de la garganta; la sensación de tenerlo llenándome por completo de esa manera tan prohibida y profunda me hizo apretar los ojos con fuerza. Al principio, el cuerpo se tensó por la intensidad de la penetración anal, pero el dolor inicial se transformó rápidamente en un calor denso y delicioso a medida que su ritmo se volvía más seguro.

Empezó a embestirme con fuerza, con un compás firme y salvaje que me hacía sacudir las caderas hacia atrás para recibirlo cada vez más hondo. Cada estocada suya hacía que las sábanas se amontonaran bajo mis rodillas, mientras mis manos se aferraban a la tela con desesperación. Mis gemidos de placer llenaban cada rincón de la habitación, mezclándose con sus respiraciones pesadas y los golpes secos de nuestros cuerpos chocando, entregados por completo a la locura de ese momento.

Sin dejar que recuperara el aliento, Gerardo me agarró de las caderas y la sacó de ahí de un solo movimiento para metérla de una vez en la vagina. Apenas me llenó por completo, se acomodó y arrancó a darle a un ritmo sabroso, ni muy desesperado ni muy lento, de esos que te hacen morder la almohada.

El cuerpo se me encendía con cada estocada; sentía cómo la verga de él me rozaba todita por dentro y cómo cada golpe me sacudía hasta el alma. Él me miraba con los ojos oscuros y la cara sudada, respirando pesado mientras me agarraba más fuerte para encajár hasta el fondo cada vez que embestía. Los dos íbamos a un compás riquísimo, disfrutando cada segundo, con los gemidos míos llenando el cuarto y los golpes de su piel contra la mía sonando sin parar.

Ya al ratico, sintiendo que el cuerpo le temblaba y que la respiración se le cortaba, empezó a meterla más hondo y más rápido, apretándome duro contra la cama. Soltó un par de gruñidos bien febriles y, con una última embestida profunda, se vino adentro de mí, soltando su leche caliente mientras yo sentía cómo me llenaba por completo y me derretía de puro gusto.

Nos quedamos ahí un minuto entero, respirando agitados, con el corazón a millón y los cuerpos llenos de sudor. Gerardo sacó su miembro con cuidado, me ayudó a levantarme como pude de la cama y nos fuimos hasta el baño a lavarnos para descansar un rato de tanta locura.



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En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 15.09.2026

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