Ya tumbados sobre la cama, la distancia que nos separaba se redujo a nada. Gerardo se decidió de golpe, dejándose caer por completo sobre mi cuerpo con todo su peso, atrapándome bajo el suyo mientras su respiración caliente chocaba contra mi rostro. En ese instante, sentí con una claridad desesperante su erección dura y latiendo con fuerza, presionando de manera insistente contra mi vientre a través de la única tela que me quedaba: un hilo diminuto que apenas cubría lo indispensable.
Sin dar tregua, empezó a besarme el cuello con una devoción febril, dejando que sus labios recorrieran mi mandíbula antes de volver a morder mis labios en un beso hondo y hambriento. Sus manos grandes y ásperas se deslizaron por mis costados, apretando mi piel con una posesividad que me hacía arquearme buscando más fricción.
Dejó los besos en mi boca para bajar lentamente, recorriendo con la lengua la línea mojada de mi garganta hasta llegar a mis senos. Allí, comenzó a besarlos con una mezcla de delicadeza y una urgencia voraz, tomándolos con la boca, succionándome con fuerza y jugando con la punta de los pezones con sus dientes de una manera que me arrancaba susurros cortados y gemidos de puro placer contra las sábanas.
Pero no se detuvo ahí. Su boca siguió un camino descendente, trazando un mapa de besos ardientes por el centro de mi pecho, bajando por las costillas, explorando cada rincón de mi barriga y deteniéndose en el vientre con lengüetazas suaves que me hacían temblar de pies a cabeza.
Con un movimiento rápido y experto de sus manos, enganchó los dedos en los hilos de mi ropa interior y la deslizó por mis piernas hasta desecharla a un lado, dejándome completamente desprotegida y abierta ante él. Inmediatamente, se acomodó entre mis piernas, abriéndolas con firmeza para apoyar su rostro justo en mi centro.
Cuando su lengua caliente y experta rozó mi intimidad por primera vez, un gemido ahogado se me escapó de la garganta. Comenzó a saborearme con un ritmo constante, hundiéndose en mí con una profundidad que me hizo perder el control de inmediato. Cada embestida de su lengua, cada succión precisa en mi clítoris y el calor de su aliento directo sobre mi piel ultrasensible hicieron que el placer me estallara en oleadas violentas desde el bajo vientre. Me agarré de las sábanas con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos, arqueando las caderas hacia arriba para buscarlo más, entregada por completo al fuego incontrolable que me estaba devorando por dentro.
El ritmo de su lengua no hizo más que intensificarse, llevándome al límite. Lejos de detenerse, Gerardo combinó la maestría de su boca con el tacto experto de su mano: deslizó uno y luego dos dedos dentro de mi vagina, encontrando el compás perfecto mientras seguía succionando con una voracidad insaciable.
Había momentos en los que bajaba la intensidad, volviéndose deliberadamente lento, sutil y tortuoso, haciendo que cada roce se sintiera eterno; y de repente, sin previo aviso, aceleraba el juego, succionando con más fuerza y pasando la lengua con una delicadeza extrema sobre mi clítoris sobreexcitado. Esa combinación de dedos y lengua me derritió por completo, haciéndome perder el control hasta que una ola gigante de placer me atravesó de golpe, llevándome a un clímax estruendoso donde mi cuerpo se arqueó y se contrajo contra su boca en medio de gemidos rotos.
Aún temblando por las secuelas del clímax, con la respiración pesada y el cuerpo sudoroso, Gerardo se enderezó despacio. Me miró con los ojos oscuros de deseo, con una sonrisa de pura satisfacción en los labios, y se posicionó frente a mí, invitándome con la mirada a devolverle el fuego.
Me incorporé un poco, apoyándome sobre las palmas de las manos. Tomé su miembro con firmeza, sintiendo su calor palpitante y la dureza que me pedía guerra. Pasé la punta de la lengua desde la base hasta la cabeza, saboreándolo con calma mientras él cerraba los ojos y soltaba un gruñido ronco. Sin perder tiempo, lo tomé por completo con mis labios, empezando con movimientos suaves y profundos, regulando el ritmo para hacerlo enloquecer, subiendo y bajando con una cadencia húmeda y rítmica, sintiendo cómo se ensanchaba y se estremecía en mi boca con cada embestida contenida que me regalaba.
No me limité solo a seguir el ritmo con los labios; de vez en cuando, jugaba sacando la punta de la lengua para trazar círculos lentos y húmedos alrededor de su glande, saboreándolo con calma como si fuera una paleta, mientras escuchaba sus respiraciones cortadas y susurros de aprobación desde arriba.
Para intensificar el juego, metí mis manos en la ecuación: empecé a deslizar los dedos por el cuerpo de su miembro, masturbándolo con un ritmo compasivo que se acoplaba perfectamente a las succiones de mi boca. En un movimiento más atrevido, bajé una de mis manos para acariciar y masajear sus testículos con delicadeza, apretándolos suavemente entre mis dedos en los momentos justos. Esa combinación exacta de la lengua, el calor de mi boca y el tacto firme en su base hizo que Gerardo perdiera la compostura por completo, arqueando ligeramente las caderas y viéndome por una mirada medio sádica llena de placer.