La Amante.

Capitulo 38.

​El tiempo voló más rápido de lo esperado y, sin darnos cuenta, los días de anticipación se consumieron hasta que por fin llegó la fecha señalada. El día del encuentro en la capital había arribado. Desde temprano, la mezcla de nervios y adrenalina se instaló en el estómago; sabía perfectamente lo que estaba en juego, pero la emoción de volver a verlo superaba cualquier temor.

​Me levanté con el tiempo justito, arreglándome con la excusa ya montada de que tenía que ir a hacer las diligencias de los documentos del bebé para el consulado. Mientras terminaba de alistar todo lo necesario para salir de casa, el teléfono vibró en mi bolsillo con un mensaje de Gerardo avisándome que ya estaba en camino, calculando los puntos de encuentro para vernos en la capital sin levantar ninguna clase de sospechas.

​—Mami, ya casi llego al punto acordado. ¿Todo bien por allá? —decía el mensaje.

​—Todo listo, saliendo de casa ahora mismo. Nos vemos allá, amor —le respondí con el pulso acelerado, sabiendo que cada paso que daba me acercaba más a sus brazos y al peligroso, pero excitante, plan que habíamos estado cocinando durante semanas.

...

El trayecto hasta el punto acordado en la capital se me hizo una mezcla de lentitud y vértigo. Cuando finalmente llegué al lugar indicado, la marea de gente y el bullicio de la ciudad parecían desvanecerse en un segundo. Y entonces lo vi. Estaba allí, impecable, intentando mantener la compostura mientras me esperaba disimuladamente cerca de la entrada acordada.

Cuando cruzamos miradas, el tiempo pareció detenerse por completo. En medio de toda esa multitud, bastó un solo segundo de contacto visual para que la corriente eléctrica recorriera toda mi espalda, haciéndome morder el labio inferior de inmediato. Aunque por fuera trataba de mantener una fachada serena, de disimular los nervios y actuar como si solo fuera una casualidad, por dentro me estaba derritiendo de pura emoción y deseo. Al acercarnos, fingimos un saludo medido y neutral para los curiosos que pudieran estar mirando, pero el roce fugaz de nuestras manos al saludarnos y el brillo intenso en sus ojos me confirmaron que la espera había valido la pena y que estábamos a punto de perdernos otra vez en nuestro propio mundo prohibido.

Mientras caminábamos a una distancia prudente el uno del otro, simulando ser dos personas que apenas se cruzan por casualidad en medio del gentío de la capital, mi mente empezó a volar directo hacia el pecado. Dejé de escuchar el ruido de los carros y el bullicio de la calle; mis pensamientos se volvieron borrosos y febriles, recreando una y otra vez lo que pasaría en cuanto estuviéramos a solas.

Me imaginaba la puerta cerrándose tras nosotros, el pestillo bajando con un clic seco, y el mundo exterior desapareciendo por completo. Lo soñaba desnudándose frente a mí, con la piel caliente, la respiración agitada y ese deseo desbordado en la mirada que siempre lograba derretirme antes de siquiera tocarme. Visualizaba sus manos grandes recorriendo cada rincón de mi cuerpo, atrapándome contra la pared, haciéndome suya con esa urgencia y esa fuerza que me hacían perder el norte. Podía casi sentir el roce de su piel contra la mía, el calor de su aliento en mi cuello y cómo nos perdíamos de nuevo en una intimidad salvaje, sudorosa y sin frenos.

Un escalofrío me recorrió de arriba abajo mientras caminaba unas cuadras más atrás de él, sintiendo cómo por dentro ardía con una necesidad incontrolable por volver a tenerlo cerca, por devorarlo y dejar que me consumiera por completo.

Con la mente todavía nublada por esas fantasías tan ardientes que no dejaban de dar vueltas en mi cabeza, doblando una esquina logré por fin alcanzar su paso. Gerardo me dio una breve seña con la mirada, indicándome discretamente hacia dónde debíamos avanzar. Unos metros más adelante, la fachada de un hotel de paso se alzó frente a nosotros.

Manteniendo la distancia para no levantar sospechas, lo vi empujar la puerta principal y entrar al vestíbulo. Yo lo seguí un par de minutos después, procurando poner cara de la persona más indiferente y casual del mundo mientras me acercaba a la recepción. Al llegar al mostrador, la recepcionista apenas levantó la vista para entregarnos la llave y registrar el ingreso, sin imaginarse el torbellino de pecado y deseo que acababa de cruzar esa puerta. Con la llave por fin en la mano, el corazón a mil por hora y sabiendo que ya no había marcha atrás, me dispuse a dar el siguiente paso hacia nuestra habitación.



#8772 en Novela romántica
#1416 en Joven Adulto

En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 15.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.