La Amante.

Capitulo 39.

El pestillo de la puerta se cerró con un clic sordo detrás de nosotros, y en ese exacto instante, el ruido de la capital quedó completamente borrado. Por un segundo, la tensión del momento nos hizo quedarnos quietos, mirándonos a los ojos en medio de la habitación con una mezcla de cautela y de ganas contenidas.

Gerardo dejó las pocas cosas que traía sobre una pequeña mesa auxiliar y exhaló un suspiro largo, pasándose una mano por el cabello antes de esbozar esa sonrisa suya que tanto me descolocaba.

—Vaya que el viaje estuvo pesado, ¿y a ti cómo te fue con todo el tráfico para salir? —me preguntó con un tono de voz tranquilo, buscando romper el hielo inicial mientras se acercaba un poco más, manteniendo todavía una distancia prudente.

—No me hables de eso, el gentío afuera está insoportable, pero por fin llegué —le respondí, aflojando los hombros y soltando una risita nerviosa mientras dejaba mi bolso a un lado.

Nos quedamos charlando unos minutos, preguntándonos mutuamente cómo nos había ido en la semana, del viaje y de lo difícil que había sido coordinar todo para vernos sin levantar sospechas. Esa pequeña charla inicial, aunque cotidiana, estaba cargada de miradas de reojo y sonrisas cómplices que iban caldeando el ambiente poco a poco.

Al rato, Gerardo se sentó a un lado de la cama, se desató los zapatos con calma y se quitó la camisa para refrescarse un poco el cuerpo del calor de la calle. Yo hice lo mismo a medias, quitándome únicamente los zapatos para descansar los pies.

Él me miró de arriba abajo con una chispa traviesa en los ojos y me dijo:

—Mami, quítate la ropa para que puedas estar más fresca con el aire acondicionado de aquí, anda.

Lo miré con bastante pena, sintiendo las mejillas arder mientras dudaba un segundo, pero ante su mirada insistente terminé cediendo poco a poco, quitándome las capas de encima hasta quedarme únicamente en ropa interior, con el corazón latiéndome a mil por hora por la vergüenza y el nerviosismo.

De repente, respiré un poco de aire fresco para calmar los nervios mientras el aire acondicionado de la habitación enfriaba el ambiente. Gerardo se acercó despacio hacia mí, se puso muy cerca y, con una sonrisa juguetona, me rodeó con sus brazos. Empezó a acariciarme suavemente la espalda con sus manos grandes y cálidas, recorriendo cada curva con calma hasta que sus dedos buscaron el broche de mi sostén, lo desabrochó con un movimiento ágil y lo apartó a un lado de la cama, dejándome completamente el pecho descubierto.

En ese preciso instante, el mundo exterior desapareció por completo y mi mente se desbocó en una marea de pensamientos ardientes y sucios, imaginándome lo que estaba a punto de pasar. Lo deseaba sin ropa —a pesar de que ya apenas la llevaba puesta—, con la piel ardiendo y la respiración rota, sintiéndolo empujar con fuerza dentro de mí sobre esa cama mientras me hacía suya sin contemplaciones. La espera había terminado, y lo único que importaba ahora era rendirnos al fuego que nos quemaba por dentro.

Sus labios bajaron entonces a devorar los míos en un beso hambriento, profundo y sin tregua que le devolví con la misma desesperación. Mientras sus manos se deslizaban por mi piel desnuda, con una posesividad que me encendía, comencé a sentir un ardor delicioso y unas palpitaciones intensas latiendo con fuerza en mi zona baja. Esa humedad y ese calor repentino me hicieron volver loca de deseo, sintiendo una urgencia desesperada por tenerlo adentro, por devorarlo y dejar que me consumiera sin importar nada más que el ritmo febril de nuestros cuerpos chocando en la cama de la habitación.



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En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 15.09.2026

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