Casados en caos.

Capítulo 1: El ultimátum de Oliver McGinigar.

Hay frases que uno nunca quiere escuchar un martes por la mañana: «tienes cáncer», «Hacienda quiere hablar contigo» y «te casarás mañana con el vampiro».

La tercera me la dijo mi padre, Oliver McGinigar, sentado en su despacho de caoba, con su traje de tres piezas y la misma sonrisa serena con la que firma fusiones de cuatrocientos millones de dólares. Yo había entrado en bata y pantuflas, con una taza de café en la mano y la inocencia de quien cree que el día será normal. Error de principiante.

-Te casarás con él, Gissel. Y no hay discusión.

Abrí la boca para replicar. Él levantó un dedo. Mi padre tiene un dedo con más autoridad que el Senado.

-Mañana, a como dé lugar, te casas con Brunce.

-¡Con el vampiro! -grité, y el café salió volando de mi taza y aterrizó sobre una alfombra persa que valía más que mi primer auto.

-Con *Brunce* -corrigió, sin mirar la alfombra, lo cual demuestra la gravedad de la situación-. Un hombre educado, brillante y dueño de la mitad de la ciudad.

-Papá, el hombre duerme de día. Se pasea de noche. Es más pálido que una servilleta de lino. Una vez le vi mirar un cuello con hambre.

-Era el cuello de la jirafa del zoológico, Gissel.

-¡Eso es peor!

Tengo que explicar de dónde salió lo de «vampiro», porque a mi padre le parece una exageración y a mí, un diagnóstico. Conocí a Brunce Hartwood hace dos años, en una gala benéfica. Llegó a las once de la noche, cuando todos ya se iban, vestido de negro de pies a cabeza, y atravesó el salón como si la oscuridad lo hubiera estado esperando. Rechazó el pan de ajo con una elegancia sospechosa. Apartó la mirada de todos los espejos del recibidor. Y cuando una señora le preguntó si prefería el sol o la luna, contestó: «Soy un hombre de noches». Ahí lo bauticé. Que luego se descubriera que Brunce simplemente es alérgico al ajo, tiene insomnio crónico y trabaja con husos horarios asiáticos no cambia nada. Cuando algo parece un vampiro, camina como un vampiro y sonríe como un vampiro, yo lo llamo vampiro.

Mi padre suspiró con la paciencia de quien le explica a un gato por qué no debe tirar las copas.

-Escúchame bien. La empresa McGinigar y el imperio Hartwood van a fusionarse en la operación del siglo. Veinte hoteles, tres navieras y un contrato de exclusividad que cambiará el rumbo de la economía occidental. El padre de Brunce puso una única condición: un matrimonio que selle la alianza.

-Soy tu hija, no una cláusula.

-Eres ambas cosas -respondió, y lo peor es que lo dijo con cariño.

-¡Es un contrato matrimonial! ¡Es medieval!

-Es *negocio*, Gissel. Y tú siempre has dicho que quieres ser una mujer de negocios.

-¡Quería dirigir una empresa, no ser su sello de cera!

Esa fue una frase brillante y le resté puntos por no poder recordarla en la discusión siguiente, que fue larga, gritada y sin ganador, hasta que mi padre cometió el error táctico de mencionar a mi difunta madre.

-Tu madre habría querido verte feliz.

-Mi madre habría arrojado el contrato por la ventana.

-Tu madre -dijo, con una sonrisa triste- me habría dado una bofetada y después habría firmado. Porque sabía lo que es buscar algo grande.

Me quedé callada un instante. Eso sí que no me lo esperaba. Pero la rabia es un animal muy terco, y volvió a morderme enseguida.

-Haré una huelga de hambre.

-Hay cena en casa de los Hartwood esta noche. Habrá langosta.

-...Una huelga de hambre a partir de mañana.

Salí del despacho con el orgullo herido y la dignidad temblando. En el pasillo me crucé con la prueba de que mi vida ya estaba decidida: un ejército de costureras, floristas, fotógrafos y organizadores de bodas corría como hormigas con ansiedad.

-¡Señorita Gissel! ¡Tiene que probarse el vestido!

-¿Qué vestido?

-El que su padre encargó hace tres semanas.

Tres semanas. Mi padre había planeado mi sentencia mientras me preguntaba qué quería de postre en mi cumpleaños. Sentí cómo algo dentro de mí cambiaba de estado, igual que el hielo cuando se convierte en rabia.

Intenté escapar, por supuesto. Soy una McGinigar, no una cobarde. Mi primer plan fue salir por la ventana del segundo piso usando las cortinas como cuerda. Descubrí tres cosas: primero, que las cortinas de mi padre están hechas de terciopelo, que pesa lo que un caballo; segundo, que se rasgan con un sonido parecido al de un trueno; y tercero, que el jardinero, Hernando, tiene una puntería formidable con las mangueras.

-¡Señorita! -gritó, empapándome con ambas manos-. ¡Su padre me advirtió!

-¡Hernando, eres un traidor!

-Soy un hombre con hipoteca, señorita.

Mi segundo plan fue esconderme en el maletero de la camioneta de las flores. Me descubrió el florista, que gritó tan fuerte que acudió medio personal. Mi tercer plan fue fingir una fiebre repentina, pero el médico de la familia, que me conoce desde que tenía cinco años, me tomó la temperatura, me miró por encima de los lentes y dijo: «Gissel, estás más sana que un caballo de carreras y bastante más dramática».

Así que a las ocho de la noche, vencida pero no rendida, me encontré en la mansión Hartwood, en la cena previa a la boda, sentada frente a una langosta del tamaño de mi cabeza y la mirada fija en el hombre del otro lado de la mesa.

Brunce Hartwood estaba apoyado en el respaldo de su silla, con una copa de vino tinto entre los dedos y una elegancia insultante. Alto. Moreno. Con esa piel pálida de quien sospecha del sol y unos ojos oscuros que parecían guardar secretos o postres. Sonreía de una manera que daban ganas de abofetearlo y, lo que era peor, de sonreírle de vuelta.

Cuando mi padre y su padre se levantaron para discutir cifras en el despacho, nos quedamos solos. Brunce hizo girar el vino en su copa.

-Gissel -dijo, probando mi nombre como si fuera un vino añejo.

-Vampiro -respondí.

Su sonrisa se ensanchó y, lo juro, por un segundo me pareció ver un colmillo.



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En el texto hay: humor, amor, casados

Editado: 06.10.2026

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