Casados en caos.

Capítulo 3: Noche de bodas.

La mansión Hartwood era un castillo moderno de cristal y piedra con vistas al océano, un jardín con laberinto, una piscina en forma de luna y un candelabro tan grande que tenía su propio código postal. Todo en ella gritaba «dinero», pero con buen gusto, lo cual era una ofensa adicional.

Una mujer de uniforme impecable y rostro severo nos recibió en la entrada, flanqueada por veinte empleados en fila, como en una película de época.

-Bienvenida, señora. Soy Margot, el ama de llaves. Su habitación está lista.

-¿Mi habitación? -pregunté con esperanza.

-*Nuestra* habitación -corrigió Brunce, sin perder la sonrisa.

-Qué lástima -murmuré.

-Qué suerte -replicó él.

Antes de subir, Margot insistió en hacer una presentación formal del personal. Fueron veinte nombres, veinte apretones de mano y veinte miradas de simpatía que me dejaron claro que el servicio entero había sido sobornado con un aumento y un pase de por vida al buffet. El mayordomo, un anciano llamado Fabián, me hizo una reverencia tan profunda que temí que no volviera a levantarse.

-Si necesita algo, señora, solo toque la campana.

-¿Y si necesito escapar?

-Entonces tendrá que tocar la campana dos veces -respondió con una sonrisa que no supe si era broma.

Subimos una escalera de mármol que parecía no terminar jamás. Brunce caminaba detrás de mí y yo sentía su mirada en la nuca como un sol de medianoche. Intenté memorizar el camino: pasillo izquierdo, pasillo derecho, retrato de un antepasado con bigote, otro retrato de un antepasado con peor bigote. Cuando llegamos a una puerta doble de madera tallada, Brunce la abrió con una reverencia.

-Después de usted, señora Hartwood.

Entré. Casi me desmayo (esta vez de verdad).

Una cama enorme, con dosel de seda, cubierta de pétalos de rosa. Velas encendidas en cada rincón. Champán enfriándose en una cubeta de plata. Música suave saliendo de algún lugar invisible. Y sobre la almohada, una nota de caligrafía impecable: *«Para mi esposa. Con mucho apetito.»*

-Por favor, dime que esto es una broma -pedí.

-Es mi versión de una bienvenida.

-Es mi versión de una pesadilla.

-Tú dirás lo que quieras, pero Margot y yo pasamos tres horas colocando los pétalos.

-¿Margot ayudó?

-Margot me felicitó por el gusto.

Brunce se quitó la chaqueta con una lentitud criminal y la dejó sobre una silla. Después aflojó la corbata. Después desabrochó el primer botón de la camisa. Yo seguí cada movimiento con los ojos entrecerrados, como se sigue a una serpiente en el jardín.

-¿Qué haces?

-Me pongo cómodo.

-¿Tienes que hacerlo con tanta pausa dramática?

-Soy un hombre dramático.

-Eres un hombre con mucho tiempo libre.

-Eso también.

Se acercó. Yo retrocedí. Él avanzó otro paso, yo otro hacia atrás, y así bailamos por la habitación en un vals extraño, esquivando la cubeta de champán, un biombo de seda y una alfombra de piel que juro que se movió. Terminó cuando mi espalda tocó la pared.

Brunce apoyó una mano junto a mi cabeza, inclinándose lo justo para que sintiera su aroma a madera y noche. Mi corazón latía como un tambor de guerra. Podía contar cada una de sus pestañas.

-Dime, Gissel -susurró-. ¿Vas a seguir huyendo mucho tiempo?

No pensaba admitir que las rodillas me flaqueaban ni bajo tortura.

-Toda la vida, si es necesario.

-Qué ambicioso.

-Soy una mujer de metas.

-Y yo -dijo, con una sonrisa lenta- un hombre de paciencia.

Su boca estuvo a punto de acercarse a la mía. Era el momento exacto en que una mujer sensata habría cerrado los ojos o, por lo menos, olvidado su nombre. Yo, en cambio, tomé una almohada y se la estampé en la cara.

Brunce retrocedió medio paso, más sorprendido que ofendido. Se quedó inmóvil un segundo, con una pluma enredada en el cabello. Y entonces estalló en carcajadas. Tuvo que sentarse en el borde de la cama, riendo con tanta fuerza que se le saltaron las lágrimas, mientras yo, con la almohada aún en la mano, respiraba como si hubiera corrido una maratón.

-Me encantas -dijo, jadeando-. Qué placer tan inesperado.

-¡No te rías de mí!

-No me río de ti. Me río porque eres la mujer más peligrosa que he conocido.

-Un día te romperé una almohada en la cabeza y no te vas a reír.

-Prometo reírme igual.

Aproveché su distracción y corrí al baño. Cerré con llave (había llave, él no había sido tan listo) y respiré hondo. El baño era del tamaño de mi antiguo departamento, con una bañera de mármol, un espejo enorme y una colección de jabones que parecían postres. Me apoyé en el lavabo. Las mejillas me ardían. El espejo me devolvió a una mujer despeinada, con pétalos en el escote y los labios entreabiertos.

-Contrólate, Gissel -me dije-. Es solo un hombre. Con colmillos. Y brazos. Y una voz que...

Me di una bofetada suave.

-¡Contrólate!

Pasé veinte minutos desmontando el vestido, una tarea más compleja que armar un reloj suizo. Ocho ganchos, doce botones, dos cintas y un lazo secreto que descubrí a tientas. Cuando por fin quedé libre, me puse una camiseta que había guardado en mi bolso de emergencia (una prenda enorme, con la cara de un pato) y abrí la puerta del baño con el cuidado de una espía.

Brunce ya no estaba en la cama. Lo encontré en el pasillo, descalzo, con una bata de seda negra que no me atreví a evaluar, hablando en voz baja con Margot.

-Prepare el sofá del despacho para la señora -le decía-. Pero déjela escapar. Esta noche, nada de insistir.

Margot asintió con cara de abuela cómplice.

-Muy bien, señor. ¿Y la manta de lana?

-La de cachemira.

-¿Y una almohada extra?

-Dos. Una para dormir y otra para lanzarme.

Yo me detuve, confundida. ¿Me dejaba el sofá? ¿Así de fácil? ¿Sin pelea? ¿Sin intentar nada? Experimenté una punzada extraña en el pecho, algo parecido a la decepción, que identifiqué rápidamente como hambre y decidí ignorar.



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En el texto hay: humor, amor, casados

Editado: 06.10.2026

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