La primera vez que le pedí un milagro a Dios no estaba en una iglesia.
No había velas.
No había sacerdotes.
No había imágenes de santos ni música religiosa.
No había nadie que pudiera escucharme.
Estaba sentada junto a una ventana, en una habitación de hospital demasiado blanca, mirando cómo la lluvia golpeaba lentamente los vidrios.
Eran las tres y diecisiete de la madrugada.
Recuerdo la hora porque llevaba varias noches sin dormir y había comenzado a mirar el reloj con una obsesión absurda. Cada cinco minutos levantaba los ojos esperando que las agujas hubieran avanzado más rápido.
Pero el tiempo, cuando uno tiene miedo, parece burlarse de nosotros.
Las horas no pasan.
Se quedan.
Se hacen pesadas.
Se meten dentro del pecho.
Yo tenía treinta y ocho años y hasta hacía unos meses creía que sabía exactamente cómo sería mi vida.
Tenía una casa pequeña en las afueras de una ciudad que siempre me había parecido demasiado ruidosa. Tenía un trabajo que no me apasionaba, pero que me permitía vivir. Tenía amigos. Tenía recuerdos. Tenía planes.
Y tenía a mi madre.
Mi madre se llamaba Clara.
Para mí, durante toda mi vida, había sido la persona más fuerte que había conocido.
Ella podía resolverlo todo.
Si se rompía una cañería, encontraba a alguien que la arreglara.
Si faltaba dinero, inventaba una solución.
Si yo lloraba, sabía exactamente qué decir.
Si tenía miedo, me abrazaba.
Y cuando mi padre murió, fue ella quien me sostuvo mientras yo me preguntaba cómo podía continuar respirando si él ya no estaba.
Nunca la vi rendirse.
Hasta aquella noche.
Aquella noche estaba acostada en una cama de hospital.
Y yo estaba sentada a su lado intentando no llorar.
La lluvia seguía golpeando la ventana.
Mi madre dormía.
O eso parecía.
Tenía los ojos cerrados, pero de vez en cuando fruncía ligeramente el ceño, como si incluso dormida estuviera luchando contra algo.
Sobre la mesa había un vaso de agua.
Una Biblia pequeña.
Un rosario que había pertenecido a mi abuela.
Y una fotografía vieja.
La fotografía mostraba a mi madre cuando tenía aproximadamente veinte años.
Estaba sentada frente a una iglesia de piedra.
Sonreía.
Siempre me había gustado esa fotografía.
Esa noche no podía mirarla sin sentir un nudo en la garganta.
Porque la mujer de la fotografía parecía pertenecer a otra vida.
Una vida en la que mi madre todavía creía que todo podía solucionarse.
Una vida en la que yo todavía pensaba que las personas que amábamos podían quedarse para siempre.
Me incliné hacia ella.
—Mamá.
No respondió.
—¿Estás despierta?
Abrió los ojos lentamente.
Me miró.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
—No deberías estar aquí —susurró.
—¿Dónde quieres que esté?
—En tu casa.
—Mi casa está vacía.
—Entonces busca compañía.
Intenté sonreír.
—Tengo compañía.
—¿Quién?
Tomé su mano.
—Tú.
Ella cerró los ojos otra vez.
—Siempre fuiste demasiado terca.
—Eso lo heredé de ti.
Esta vez sonrió un poco más.
Y durante unos segundos no hablamos.
Solo escuchamos la lluvia.
Aquel sonido terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos más dolorosos de mi vida.
Porque durante mucho tiempo, cada vez que escuchaba llover de madrugada, volvía a aquella habitación.
Volvía a aquella cama.
Volvía a sentir aquella mano entre las mías.
Y volvía a preguntarme si aquella noche había sido el comienzo de algo que todavía no podía comprender.
Tres semanas antes, mi madre había recibido un diagnóstico que había cambiado nuestra vida.
La enfermedad llevaba tiempo creciendo dentro de ella.
Al principio había sido cansancio.
Después dolores.
Luego estudios.
Más estudios.
Consultas.
Resultados.
Palabras médicas que yo no comprendía.
Silencios.
Y finalmente aquella frase que nadie quiere escuchar.
Había posibilidades de tratamiento, pero el pronóstico era incierto.
El médico había hablado durante casi veinte minutos.
Yo había asentido como si entendiera.
Mi madre había hecho preguntas.
Muchas.
Yo no recordaba ninguna.
Solo recuerdo haber mirado una pequeña planta que había sobre el escritorio.
Tenía dos hojas amarillas.
Y pensé:
¿Cómo puede alguien hablar de la muerte mientras una planta sigue creciendo?
Era una idea absurda.
Pero en aquel momento mi cabeza necesitaba aferrarse a algo.
Cuando salimos del consultorio, mi madre caminó unos metros en silencio.
Después dijo:
—No llores.
Yo ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando.
—No estoy llorando.
—Sí estás llorando.
—Un poco.
—Entonces llora.
—¿No dijiste que no llorara?
—Lo dije porque sabía que ibas a hacerlo.
Esa era mi madre.
Incluso enferma, seguía intentando protegerme.
Los días siguientes se convirtieron en una sucesión de hospitales, análisis y esperas.
Esperar.
Esa palabra comenzó a perseguirme.
Esperábamos resultados.
Esperábamos médicos.
Esperábamos medicamentos.
Esperábamos que apareciera una alternativa.
Esperábamos que el cuerpo de mi madre respondiera.
Esperábamos.
Y mientras esperábamos, yo rezaba.
Al principio rezaba como había aprendido de niña.
Padre nuestro.
Ave María.
Gloria.
Después empecé a inventar mis propias oraciones.
No eran bonitas.
No tenían palabras religiosas.
Eran conversaciones desesperadas.
—Dios, por favor.
Eso era todo.
—Por favor.
A veces ni siquiera conseguía decir más.
Una noche me arrodillé junto a la cama de mi madre y dije: