Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 5 La mujer que esperaba en la habitación 17

Hay decisiones que tomamos después de pensarlas durante días.

Y hay otras que nacen en un segundo.

La mía ocurrió aquella noche.

Después de recibir aquella llamada, me quedé sentada en el borde de la cama durante casi una hora, mirando el teléfono.

No había vuelto a sonar.

No sabía quién era aquella mujer.

No sabía cómo conocía mi nombre.

No sabía qué relación tenía con la medalla.

Y, sobre todo, no sabía por qué había dicho:

“La medalla no debe volver a la familia.”

La frase seguía dando vueltas en mi cabeza.

Una y otra vez.

La repetí en voz baja.

—La medalla no debe volver a la familia.

¿Qué significaba?

¿Volver a qué?

¿A quién?

¿Y por qué?

Miré la pequeña caja azul.

La medalla estaba dentro.

Durante algunos minutos pensé en guardarla en otro lugar.

Quizás en una caja fuerte.

Quizás en el hospital.

Quizás entregársela a mi madre.

Pero ninguna de esas opciones me parecía correcta.

Finalmente decidí dejarla allí.

Cerré la tapa.

Aseguré la cinta.

Y me fui a dormir.

O al menos lo intenté.

A las cuatro de la madrugada desperté.

Había tenido un sueño.

Otra vez la puerta.

Otra vez el campo.

Otra vez las flores blancas.

Pero esta vez no estaba sola.

Había una mujer delante de la puerta.

No podía verle el rostro.

Vestía completamente de negro.

Sostenía algo entre las manos.

Me acerqué.

—¿Quién eres?

No respondió.

—¿Eres Isabel?

La mujer levantó lentamente las manos.

Tenía una medalla.

La misma.

Me acerqué un poco más.

Entonces escuché una voz.

—No la lleves contigo.

Me desperté.

El corazón me golpeaba con fuerza.

La habitación estaba oscura.

Miré el reloj.

4:17.

Exactamente la misma hora que aquella primera noche en el hospital.

No sabía qué pensar.

Me levanté.

Fui hasta la cocina.

Bebí agua.

Intenté convencerme de que todo aquello era consecuencia del cansancio.

Había dormido muy poco durante varios días.

Mi madre estaba enferma.

Había descubierto secretos familiares.

Había leído cartas antiguas.

Había encontrado una historia que atravesaba más de cien años.

Era normal que mi mente mezclara todo.

Eso era.

Nada más.

Una mente agotada.

Un corazón asustado.

Una imaginación demasiado activa.

Me repetí aquello varias veces.

Funcionó.

Hasta que regresé al dormitorio.

La caja azul estaba sobre la cama.

Yo recordaba haberla dejado sobre la mesa.

Me quedé quieta.

No la había movido.

Estaba segura.

Me acerqué.

La cinta estaba desatada.

La tapa abierta.

La medalla estaba afuera.

Y debajo de ella había un pequeño papel.

No estaba allí antes.

Lo tomé.

Solo había una frase.

“Habitación 17.”

Sentí frío.

No miedo.

Frío.

Como si alguien hubiera abierto una ventana.

Miré hacia el pasillo.

No había nadie.

Entonces recordé la dirección que Lucía me había enviado.

La residencia.

La habitación.

La mujer llamada Teresa.

No sabía quién había dejado aquel papel.

Pero ya no necesitaba más señales.

Al amanecer iría.

A las siete de la mañana llamé a Lucía.

—¿Estás despierta?

—Soy enfermera, Elena. Nunca duermo.

—Necesito que me confirmes algo.

—¿Qué?

—La habitación de Teresa.

—Diecisiete.

Cerré los ojos.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque lo vi en el registro.

—¿Quién vive allí?

Lucía tardó unos segundos.

—Teresa.

—¿La misma Teresa Valdés?

—El apellido no aparece.

—Entonces no sabemos.

—No.

—Voy a ir.

—¿Ahora?

—Sí.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—No te pregunté.

Sonreí.

—Está bien.

—Y Elena…

—¿Sí?

—No lleves la medalla.

Miré hacia la mesa.

La caja azul estaba allí.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos quién la está buscando.

—¿Crees que alguien la está buscando?

—Después de esa llamada, sí.

—No sabemos si la llamada fue real.

—Tú misma me dijiste lo que escuchaste.

—Sí.

—Entonces, por precaución, déjala en casa.

Pensé unos segundos.

—De acuerdo.

Antes de salir pasé por el hospital.

Mi madre estaba despierta.

—Voy a salir unas horas.

—¿Dónde?

—A buscar a Teresa.

Mi madre me miró.

No dijo nada.

—Mamá.

—No vayas sola.

—Lucía viene conmigo.

Asintió.

—Eso está bien.

—¿Tú la conociste?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces, ¿cómo sabes tanto de ella?

Mi madre suspiró.

—Porque Isabel me habló de ella.

—¿Qué te dijo?

—Que Teresa era una persona muy importante en la historia de Elena.

—¿Por qué?

—Porque fue la primera que escuchó la verdad completa.

—¿Qué verdad?

Mi madre me miró.

—La que todavía no estás preparada para conocer.

Sentí frustración.

—Todos me dicen lo mismo.

—Porque es verdad.

—Yo puedo manejarlo.

—Eso pensaba yo a los ocho años.

Me quedé callada.

Mi madre tomó mi mano.

—Prométeme algo.

—¿Qué?

—No permitas que esta historia te haga olvidar que estoy aquí.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Nunca podría olvidarte.

—Entonces recuerda que, antes de ser una historia, esto es nuestra vida.

La besé en la frente.

—Volveré pronto.

Ella sonrió.

—Te esperaré.

La residencia estaba ubicada en una zona tranquila de la ciudad.

Era un edificio antiguo, de tres pisos, con un pequeño jardín en la entrada.




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