Durante varios segundos nadie dijo nada.
El hombre seguía frente a nosotros.
La luz de su linterna iluminaba parcialmente su rostro, pero dejaba sus ojos en sombra.
Yo continuaba sosteniendo la medalla.
No podía apartar la mirada de él.
Había pronunciado una frase que parecía imposible:
«La fecha en que nació la primera Elena.»
No la fecha de su enfermedad.
No la fecha de su recuperación.
No la fecha en que recibió la medalla.
La fecha de su nacimiento.
—¿Quién es usted? —volví a preguntar.
El hombre bajó lentamente la linterna.
—Me llamo Esteban.
—¿Esteban qué?
—Esteban Ferrer.
Sentí que el corazón me daba un golpe.
—¿Ferrer?
Asintió.
—Soy descendiente de Gabriel.
Lucía se acercó ligeramente a mí.
—¿Cómo sabemos que está diciendo la verdad?
Esteban la miró.
—No pueden saberlo.
Su respuesta me sorprendió.
—¿Entonces por qué deberíamos creerle?
—No deberían.
Silencio.
—La confianza no se exige —continuó—. Se construye.
Aquella frase me recordó inmediatamente a Gabriel.
Quizá los Ferrer tenían aquella manera de hablar.
No prometían.
No aseguraban.
Dejaban espacio para la duda.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Porque llevo años esperando que alguien lo pronuncie aquí.
—¿Quién le habló de mí?
—Tu padre.
Sentí un vacío en el pecho.
—Mi padre murió hace años.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo…?
—Antes de morir me dejó instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
Esteban miró la pequeña habitación.
—Que si algún día una mujer llamada Elena llegaba hasta aquí llevando esa medalla y una carta de Gabriel, debía contarle todo.
—¿Todo?
—Todo lo que conozco.
—¿Y qué conoce?
Esteban respiró profundamente.
—Más de lo que me gustaría.
Nos sentamos.
Esteban dejó la linterna sobre una mesa.
La habitación quedó iluminada únicamente por una pequeña lámpara que había en la pared.
El ambiente parecía suspendido fuera del tiempo.
Era extraño pensar que en aquel mismo lugar, décadas atrás, Elena Valdés había tenido miedo.
Mucho antes, otra mujer había dejado una carta.
Después había llegado Clara.
Y ahora yo.
Las personas cambiaban.
El dolor cambiaba de rostro.
Pero las preguntas permanecían.
—Empiece por el principio —dije.
Esteban me observó.
—¿Estás segura?
—No.
Sonrió ligeramente.
—Esa es una buena respuesta.
Lucía permaneció a mi lado.
—Entonces empiece.
Esteban apoyó las manos sobre las rodillas.
—La historia de Elena Valdés no comenzó en 1912.
—Eso ya lo sé.
—Pero tampoco comenzó en 1909.
—¿Entonces cuándo?
—En 1876.
Sentí un estremecimiento.
—¿1876?
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
—Nació una niña.
—¿Elena?
—Sí.
Lo miré incrédula.
—Pero si nació en 1876, en 1912 habría tenido treinta y seis años.
—Exactamente.
—Pero nosotros encontramos documentos que decían que Elena tenía veintidós años en 1912.
Esteban asintió.
—Y ahí está el problema.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Entonces aquella Elena no era Elena Valdés.
—No.
—¿Quién era?
—Otra mujer.
—¿Otra Elena?
Esteban negó.
—Otra persona con el mismo apellido.
—¿Pariente?
—Sí.
—¿Madre e hija?
—No.
Hizo una pausa.
—Abuela y nieta.
Me quedé sin palabras.
—Entonces…
—La Elena Valdés de 1912 era nieta de la primera Elena Valdés.
Miré a Lucía.
Todo comenzaba a cambiar.
—¿Por qué nadie nos dijo esto?
—Porque durante décadas se confundieron los registros.
—¿Cómo?
—La familia utilizaba el mismo nombre generación tras generación.
—¿Elena?
—Sí.
—¿Cuántas?
—Cuatro.
Sentí un escalofrío.
Cuatro mujeres.
Cuatro Elenas.
Cuatro generaciones.
Y una historia que parecía repetirse.
—¿Todas enfermaron?
Esteban negó.
—No.
—¿Entonces qué tienen en común?
—Todas enfrentaron una pérdida importante.
Silencio.
Aquello era diferente.
No se trataba solamente de enfermedades.
La historia no hablaba exclusivamente de curaciones.
Hablaba del dolor.
—La primera Elena —continuó Esteban— perdió a su esposo.
—¿La segunda?
—Perdió un hijo.
—¿La tercera?
—Perdió a su hermana.
—¿Y la cuarta?
Esteban me miró.
—Eso todavía no lo sabemos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué significa eso?
—La cuarta Elena todavía está escribiendo su historia.
Lucía me miró.
Yo sentí que aquella conversación comenzaba a acercarse demasiado a mí.
—No soy una Elena Valdés.
—No.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
Esteban no respondió.
—Dígame.
—Porque tu madre recibió la historia.
—¿Y eso qué significa?
—Que algunas familias heredan bienes.
Hizo una pausa.
—Otras heredan silencios.
La frase me golpeó.
Mi familia había heredado silencios.
Mi madre había callado.
Mi padre había callado.
Gabriel había callado.
Teresa había callado.
Isabel había callado.
Todos habían protegido algo.
Pero ¿qué?
Esteban sacó una carpeta.
Era vieja.
Mucho más vieja que la libreta de Gabriel.
La abrió.
Dentro había copias de documentos.
—Esta es la partida de nacimiento de la primera Elena.
Me la entregó.
La fecha era clara.
14 de marzo de 1876.
Nombre:
Elena Valdés.
Padres:
Tomás Valdés y Rosa Molina.
Lugar:
Un pequeño pueblo que no reconocí.
—¿Por qué es tan importante su nacimiento? —pregunté.