Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 6 La puerta que llevaba cien años cerrada

La noche anterior a nuestra visita a la iglesia dormí apenas unas horas.

No porque tuviera miedo de entrar.

O al menos eso intentaba decirme.

La verdad era otra.

Tenía miedo de lo que podía encontrar.

Hasta entonces había podido convencerme de que todo aquello era simplemente una investigación familiar.

Una historia antigua.

Una serie de documentos.

Coincidencias que parecían extraordinarias porque yo estaba demasiado involucrada emocionalmente.

Pero aquella fotografía había cambiado algo.

“Te estamos esperando, Elena.”

No podía dejar de pensar en esas palabras.

¿Quién había tomado la fotografía?

¿Quién había dejado la medalla?

¿Quién sabía que yo existía?

¿Quién conocía mi nombre?

Y, sobre todo, ¿por qué?

Miré varias veces el mensaje antes de apagar el teléfono.

Después guardé la llave debajo de mi almohada.

Una decisión absurda.

Lo sabía.

Pero necesitaba sentir que estaba cerca.

A las seis de la mañana recibí una llamada de mi madre.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—No vayas.

Me senté en la cama.

—Buenos días para ti también.

—Elena, hablo en serio.

—Yo también.

—No vayas a esa iglesia.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué encontrarás.

—Precisamente por eso voy.

—No.

—Mamá…

—Escúchame.

Su voz estaba temblando.

—Yo pasé años intentando olvidar aquel lugar.

—¿Por qué?

—Porque allí comprendí que algunas cosas no tienen respuesta.

—Pero tú misma me dijiste que Isabel quería que descubriera la verdad.

—Eso fue hace muchos años.

—¿Y cambiaste de opinión?

—No.

—Entonces…

Mi madre suspiró.

—Cambió mi miedo.

—¿A qué?

Hubo silencio.

—A perderte.

No supe qué responder.

—Mamá…

—No quiero que te obsesiones con esto.

—No estoy obsesionada.

—Estás durmiendo con una llave debajo de la almohada.

Me quedé helada.

—¿Cómo sabes eso?

Mi madre guardó silencio.

—Mamá.

—Teresa me lo dijo.

Sentí un escalofrío.

—¿Hablas con Teresa?

—Hace muchos años.

—Pero dijiste que no la conocías.

—Nunca la conocí personalmente.

—Entonces…

—Hablamos por teléfono.

—¿Cuándo?

—Antes de que enfermara.

Me levanté.

—¿Y por qué nunca me lo contaste?

—Porque pensé que todo aquello había terminado.

—¿Terminó?

Mi madre respiró profundamente.

—No.

La palabra quedó suspendida.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

—Si vas…

—Voy a ir.

Mi madre se quedó callada.

—Si vas, no entres sola.

—Lucía estará conmigo.

—No confíes demasiado en los documentos.

—¿Por qué?

—Porque algunos fueron escritos por personas que querían creer.

—¿Y otros?

—Por personas que querían negar.

—Entonces, ¿en qué debo confiar?

Mi madre tardó en responder.

—En lo que veas.

—¿Y si no entiendo lo que veo?

—Entonces vuelve.

—¿Y si encuentro algo que cambie todo?

Mi madre respondió con una voz muy baja:

—Entonces tendrás que decidir qué hacer con la verdad.

A las ocho de la mañana llegó Lucía.

Traía café.

—Para ti.

—Gracias.

—¿Dormiste?

—Poco.

—¿Y tu madre?

—Está preocupada.

—Normal.

—Me dijo que no fuera.

Lucía sonrió.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que iba.

—También normal.

Subimos al automóvil.

Antes de arrancar, Lucía me miró.

—¿Llevas la llave?

La saqué del bolsillo.

—Sí.

—¿La medalla?

—No.

—Bien.

—¿Por qué todos están tan preocupados por esa medalla?

Lucía encendió el motor.

—Porque cuando algo pasa de generación en generación durante más de cien años, deja de ser solamente un objeto.

—¿Qué es entonces?

—Una historia.

Miré por la ventana.

—Quizás eso es lo que me preocupa.

—¿Qué?

—Que algunas historias parecen tener memoria.

Lucía me miró brevemente.

—Y algunas personas también.

El camino hacia la iglesia duró casi una hora.

La ciudad quedó atrás.

Después comenzaron las carreteras secundarias.

Campos.

Árboles.

Pequeñas casas.

Algunas abandonadas.

Otras rodeadas de jardines.

El paisaje tenía algo tranquilo.

Y, sin embargo, yo no podía relajarme.

Pensaba en mi madre.

En Elena.

En Teresa.

En Isabel.

En la medalla.

En aquella frase:

La primera curación no ocurrió en 1979.

Finalmente apareció la torre.

La vi a lo lejos.

Una construcción pequeña de piedra.

No parecía impresionante.

Pero reconocí inmediatamente la silueta.

Era la iglesia de las fotografías.

—Es allí —dije.

Lucía redujo la velocidad.

—¿Hay alguien?

No vi personas.

El lugar parecía completamente vacío.

Llegamos.

Bajamos.

El aire era frío.

Había una pequeña cruz de madera junto a la entrada.

La puerta principal estaba abierta.

Me detuve.

—La fotografía mostraba la puerta abierta.

Lucía miró alrededor.

—Eso no significa nada.

—Lo sé.

—¿Quieres entrar?

Miré la llave.

—Sí.

Dentro olía a madera vieja y humedad.

La luz entraba por unas ventanas pequeñas.

Había bancos antiguos.

Algunos estaban cubiertos de polvo.

En el altar había una imagen de la Virgen.

Me quedé quieta.

No porque hubiera algo sobrenatural.

Sino porque sentí una emoción inesperada.

Recordé a mi madre de niña.

A mi abuela.

A Isabel.

A todas las personas que habían estado allí antes que yo.

Cuántas habían entrado con miedo.

Cuántas habían pedido ayuda.

Cuántas habían llorado.




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