Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 4 La mujer de 1912

Durante toda aquella noche no pude dormir.

La caja azul permanecía abierta sobre mi mesa.

Los documentos estaban desordenados.

Las fotografías, extendidas.

La pequeña medalla descansaba junto al teléfono.

Y en la pantalla aparecía una imagen ampliada de la fotografía de mi madre.

Había pasado horas observando aquel pequeño detalle del fondo.

La placa.

La inscripción.

“Aquí comenzó la historia de Elena Valdés.”

No sabía quién había colocado aquella placa.

No sabía cuándo.

Y mucho menos sabía por qué nadie de mi familia me había hablado jamás de ella.

Pero había algo que me inquietaba todavía más.

El nombre.

Elena Valdés.

Mi nombre.

Quizás era solamente una coincidencia.

Probablemente lo era.

Pero después de todo lo que había descubierto durante las últimas horas, había comenzado a desconfiar de las coincidencias.

No porque creyera que todo escondía necesariamente una explicación sobrenatural.

Sino porque había comprendido que detrás de cada historia humana existen detalles que muchas veces permanecen ocultos durante generaciones.

Y yo acababa de abrir una puerta.

Ya no podía fingir que no la había visto.

A las seis de la mañana llamé al hospital.

Contestó Lucía.

—¿Cómo está mi madre?

—Está descansando.

—¿Ha empeorado?

—No.

Suspiré.

—Gracias.

—¿Dormiste?

Miré el reloj.

—No.

—Yo tampoco.

Sonreí.

—Eso no parece saludable para una enfermera.

—Ni para una hija obsesionada con documentos antiguos.

Me reí por primera vez en horas.

—¿Encontraste algo?

Hubo silencio.

—Sí.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Encontré el nombre.

—¿Elena Valdés?

—Sí.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.

—¿Dónde?

—En un registro de 1912.

—¿Hospital?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Es un registro de una institución religiosa.

—¿Qué institución?

—Eso es lo extraño.

—¿Qué?

—No aparece el nombre completo.

—¿Cómo?

—Solo aparece una inicial.

—¿Cuál?

—“E. V.”

Me quedé en silencio.

—¿Y cómo sabes que es Elena Valdés?

—Porque hay una anotación posterior.

—¿Qué dice?

—“La joven E. V., posteriormente identificada como Elena Valdés.”

—¿Qué más?

—Que fue trasladada después de una crisis de salud.

—¿Qué enfermedad tenía?

—No lo dice.

—¿Y dónde estaba?

Lucía respiró profundamente.

—En un pequeño santuario.

Me levanté de la cama.

—¿El mismo?

—No.

—¿Entonces?

—Otro.

—¿Dónde?

—Estoy intentando localizarlo.

—¿Y la carpeta de Isabel?

—Todavía está sellada.

—¿Puedes abrirla?

—No sin autorización.

—Entonces conseguiré la autorización.

—Elena…

—¿Qué?

—Creo que deberías hablar primero con tu madre.

Miré hacia el techo.

—Ella sabe más de lo que me cuenta.

—Probablemente.

—Y tengo la sensación de que está intentando prepararme para algo.

—Puede ser.

—¿Y tú qué piensas?

Lucía tardó en responder.

—Pienso que llevas demasiado tiempo despierta.

—No me cambies el tema.

—No te lo estoy cambiando.

—Lucía.

—Está bien.

Hizo una pausa.

—Creo que hay una explicación para todo esto.

Sentí alivio.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Cuál?

—Todavía no la conozco.

Me reí.

—Eres terrible.

—Pero honesta.

—Eso sí.

Antes de colgar, me dijo:

—Ven temprano.

—¿Por qué?

—Porque quiero mostrarte algo.

Llegué al hospital a las ocho.

Mi madre estaba despierta.

Tenía los ojos abiertos y miraba por la ventana.

Me acerqué.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Cómo te sientes?

—Cansada.

—¿Dolor?

—Un poco.

Me senté.

—Tengo que preguntarte algo.

Ella sonrió.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La de tu padre cuando quería descubrir algo.

Aquello me hizo sonreír.

—Entonces debes tener cuidado.

—¿Por qué?

—Porque cuando papá se obsesionaba con algo, no descansaba hasta encontrar una respuesta.

Mi madre cerró los ojos.

—Eso era cierto.

—Encontré el nombre.

Abrió los ojos.

—¿Qué nombre?

—Elena Valdés.

La expresión de mi madre cambió.

No fue miedo.

Fue reconocimiento.

Y eso me bastó.

—La conoces.

Mi madre no respondió.

—Mamá.

—Sí.

—¿Quién era?

—No lo sé.

—Eso no es verdad.

—No la conocí personalmente.

—Pero sabes quién es.

Mi madre permaneció en silencio.

—Por favor.

Finalmente habló.

—Isabel me habló de ella.

—¿Cuándo?

—Después de mi recuperación.

—¿Qué te dijo?

—Que había existido una mujer con ese nombre.

—¿Y qué le ocurrió?

—Se enfermó.

—¿De qué?

—No lo sabía.

—¿Y se curó?

Mi madre me miró.

—Eso decía la historia.

—¿Qué historia?

—La que Isabel me contó.

—Cuéntamela.

Mi madre respiró lentamente.

—No era una historia de una curación instantánea.

—¿Entonces?

—Elena llevaba meses enferma.

—¿Qué enfermedad?

—Según Isabel, nadie estaba seguro.

—¿Y después?

—Su familia la llevó a un santuario.

—¿Cuál?

Mi madre negó con la cabeza.

—No recuerdo el nombre.

—¿Y allí ocurrió el milagro?

—Eso decía la gente.

—¿Y tú qué crees?

Mi madre me miró durante unos segundos.

—Creo que Elena sobrevivió.

—No es lo mismo.

—No.

—Entonces, ¿qué crees que pasó?

Mi madre suspiró.

—Creo que nadie puede saberlo con certeza.

Me quedé callada.




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