La página que faltaba parecía gritar.
No había palabras.
No había tinta.
No había una confesión.
Solo un espacio vacío.
Pero a veces el silencio dice mucho más que una página llena.
Me quedé mirando el borde irregular del papel.
Alguien la había arrancado.
No se había desprendido con el paso del tiempo.
No se había roto por accidente.
Había sido arrancada.
Con cuidado.
Con intención.
—No puede ser —murmuró Lucía.
Yo seguía inmóvil.
—¿Qué?
—La página.
—Lo sé.
—Alguien la quitó.
Pasé los dedos por el borde.
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Lucía se sentó frente a mí.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
Cerré los ojos.
Sentía que mi cabeza ya no podía contener una pregunta más.
Habíamos empezado con una enfermedad de mi madre.
Después apareció una historia de 1979.
Luego una mujer llamada Isabel.
Después Elena Valdés, de 1912.
Teresa.
La habitación diecisiete.
La iglesia.
La llave.
La medalla.
La carta.
Gabriel.
Y ahora aquella libreta.
Todo parecía formar parte de una misma historia.
Pero cuanto más avanzaba, menos entendía.
Era como caminar por un camino que se dividía cada vez que creía haber encontrado la dirección correcta.
—Lucía.
—¿Sí?
—Tengo miedo.
Ella no respondió inmediatamente.
Después extendió su mano y la apoyó sobre la mía.
—Yo también.
Aquella sinceridad me tranquilizó más que cualquier frase de consuelo.
No necesitaba que alguien me dijera que todo iba a salir bien.
Necesitaba que alguien reconociera que no sabíamos si iba a salir bien.
Eso había sido precisamente lo que Gabriel le había dicho a mi madre.
No sé qué va a pasar.
Quizá esa era una de las formas más honestas de acompañar a alguien.
No prometer.
No asegurar.
No inventar certezas.
Simplemente quedarse.
Volví a leer la última frase de Gabriel.
«Pero eso no fue lo más extraño.»
Debajo, nada.
La página arrancada.
—¿Qué pudo haber escrito? —preguntó Lucía.
—No lo sé.
—¿Y si hablaba de algo que ocurrió después?
—Seguro.
—¿De la medalla?
—Quizás.
—¿De tu madre?
—También.
—¿De Elena Valdés?
—Es posible.
Lucía miró las páginas anteriores.
—Hay algo que no me gusta.
—¿Qué?
—La forma en que están organizados estos casos.
—¿Qué quieres decir?
—Mira.
Señaló la libreta.
—Gabriel no está escribiendo una historia.
—¿Entonces?
—Está investigando.
Volví a mirar.
Tenía razón.
Había fechas.
Síntomas.
Tratamientos.
Nombres de médicos.
Lugares.
Observaciones.
Preguntas.
Era casi un registro clínico.
Pero mezclado con reflexiones personales.
Como si el médico hubiera comenzado buscando una explicación científica y hubiera terminado intentando comprender algo que estaba fuera de sus herramientas.
—¿Cuántos casos hay? —pregunté.
Lucía comenzó a contar las anotaciones.
—Uno…
Pasó varias páginas.
—Dos.
Otra.
—Tres.
Siguió.
—Hay más de veinte.
La miré sorprendida.
—¿Todos relacionados con recuperaciones inesperadas?
—No.
—¿Entonces?
—Algunos mejoraron.
—¿Y otros?
Lucía tragó saliva.
—Murieron.
El silencio volvió a instalarse.
Aquello era importante.
Porque demostraba que Gabriel no había construido una historia donde todos los enfermos se curaban.
Había registrado también las pérdidas.
Quizá porque había aprendido de su propia hija que la fe no podía convertirse en una garantía.
Tomé una de las páginas.
Había una anotación.
«Caso 4. Recuperación parcial. Sin explicación definitiva.»
Otra.
«Caso 5. Mejoría inicial. Recaída.»
Otra.
«Caso 6. Fallecimiento.»
Y una frase al margen:
«No confundir esperanza con certeza.»
Sentí un nudo en la garganta.
Aquella frase podría haber sido escrita para mí.
Porque yo estaba haciendo exactamente eso.
Esperando que mi madre mejorara.
Pero en el fondo quería una certeza.
Quería saber que iba a vivir.
Quería que alguien me prometiera que aquella enfermedad no se la llevaría.
Quería un milagro.
Y quizás Gabriel había comprendido décadas antes lo peligroso que podía ser confundir la esperanza con una garantía.
La esperanza dice:
Puede ocurrir.
La certeza dice:
Va a ocurrir.
Y nadie podía prometerme lo segundo.
Ni un médico.
Ni una oración.
Ni una medalla.
Ni siquiera la fe.
—Hay algo más —dijo Lucía.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—La fecha.
—¿Cuál?
—La última anotación antes de la página arrancada.
Busqué.
La fecha estaba escrita con tinta azul.
12 de octubre de 1979.
—Es pocos meses después de la recuperación de tu madre.
—Sí.
—¿Qué escribió?
Leí.
«Hoy comprendí que el caso de Clara no puede estudiarse separado del resto.»
Debajo:
«La historia comenzó mucho antes de 1979.»
Y después:
«Necesito encontrar a María R.»
Me quedé inmóvil.
—María R.
Lucía me miró.
—La mujer de la que hablaba Elena Valdés.
—La que entregó la medalla.
—Sí.
Volví a revisar la libreta.
Había varias referencias.
María R.
María R.
María R.
Pero ninguna explicación completa.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—¿Y si esa mujer es la clave?