En cierto momento me di cuenta además que la persona que menos aparecía en estas líneas era la más importante, Doug, mi esposo. Me dispuse a corregir eso. Pero noté que lo que más me costaba era escribir cosas que me llegaban muy de cerca. Puede ser difícil ser el observador de algo terrible, pero es peor cuando ese algo te está pasando a ti.
"¿Qué hacen todos estos autos de Arizona en Riverside?"
Cuando Doug sufrió su infarto cerebral, los médicos siempre le hacían las mismas preguntas de rutina para evaluar su daño: ¿en dónde estaba?, ¿qué día era? Él no tenía la menor idea. No sabía en qué ciudad se encontraba, ni en qué país; ¡ni siquiera era capaz de contestar en qué planeta vivíamos! Tampoco tenía noción del tiempo. Cuando le preguntaban el año, decía cualquier cosa, viajando en su mente desde 1950 hasta el 2047. Y pensar que estábamos en pleno 2010...
Tiempo después, cuando lo trasladaron a la segunda casa de salud, empezó a mostrar una leve mejoría en su estado general, pero su mente sufrió un retroceso: se aferró a una certeza irracional. Estaba convencido de que nos encontrábamos en Riverside, California, su ciudad natal. Miraba por la ventana y porfiaba, aseverando que el patio que veía desde su cama era en realidad el aeropuerto Flabob, un aeródromo histórico de Riverside fundado en 1925. Aquel era un pequeño rincón para vuelos domésticos que albergaba una escuela de aviación, un lugar que él solía frecuentar cuando era joven. Doug había hecho cursos de piloto y, si algo deseaba con el alma en esta vida, era volver a volar. Su cerebro, en lugar de avanzar, había retrocedido hacia el pasado y su mayor pasión.
Hubo días difíciles, como aquel en el que creyó ver metralletas escondidas en su cuarto, pero su mente siempre regresaba con una terquedad admirable a sus teorías sobre Flabob.
Por más que intenté traerlo a la realidad, no había caso. Lo llevé al patio y le mostré con paciencia que allí no había más que plantas, pero no se convencía; decía que los aviones estaban ahí, pero que no podíamos verlos por culpa del muro que cercaba el lugar. Todos los médicos y enfermeros le repetían que estábamos en Tucson, pero no había manera de bajarlo de su fantasía.
Al final, se me ocurrió una idea que creí infalible: lo saqué en su silla de ruedas hasta el estacionamiento de la clínica para mostrarle las matrículas de los autos, donde se leía claramente "Tucson, Arizona". Caminamos entre las filas y le hice mirar casi veinte patentes. Cuando ya saboreaba la victoria y creía que por fin lo había convencido, Doug se volvió hacia mí, me miró con total seriedad y me preguntó:
—¿Qué hacen todos esos autos de Arizona en Riverside?
¡Es increíble cómo puede engañarnos el cerebro!
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 25.09.2026