Tras el infarto cerebral, la personalidad de Doug experimentó cambios drásticos que al principio me resultaban completamente desconcertantes.
Uno de los más notorios era que lloraba muchísimo. No lo hacía antes del ataque, claro, pero la lesión en su cerebro desencadenaba una reacción emocional incontrolable. Se emocionaba de forma desmedida por cosas muy puntuales; la música, sobre todo, lo quebraba por completo. Le pasaba en especial con una canción folklórica que solían pasar en un video, «Amazing Grace», una melodía imponente que en los Estados Unidos se acostumbra a tocar en los entierros y ceremonias de despedida.
Pero sus lágrimas no se limitaban a la música. Recuerdo perfectamente un día en el que se largó a llorar de una manera inconsolable en plena sesión de rehabilitación.
Entre sollozos ahogados, repetía una y otra vez que su abuelo se había muerto hacía apenas dos años. No sé cuántas cosas más intentó explicarme en ese momento porque yo no lograba entenderle casi nada de lo que decía de tanto que hipaba. A ese revuelo se sumaba que mi inglés, al no ser mi lengua nativa, no era nada bueno en esa época. Incluso hoy en día, luego de haber vivido tantos años allá, todavía me cuesta comprender muchas cosas cuando la gente habla rápido; pero en aquel 2010, yo recién había llegado al país, como quien dice, y estaba completamente desamparada ante los tecnicismos médicos y la jerga local.
Obviamente, era cronológicamente imposible que el abuelo de Doug hubiera fallecido dos años antes. Tiempo después, indagando en los papeles familiares, averigüé que el hombre había partido en realidad en el año 1973. Pero la angustia de Doug en el gimnasio terapéutico era tan real y desgarradora que la fisioterapeuta, desarmada ante la escena, terminó por suplicarle conmovida:
—Doug, por favor, pará de llorar, ¡que me vas a hacer llorar a mí también!
Al principio, confieso que esos episodios de llanto descontrolado me asustaban muchísimo; me hacían pensar que estaba sufriendo un dolor físico insoportable o una depresión irreversible. Sin embargo, luego de sentarme a hablar con los doctores, logré entender que la incontinencia afectiva era una secuela neurológica totalmente esperable tras un daño cerebral de esa magnitud.
A partir de esa explicación, si bien me seguía dando una pena inmensa verlo así, el llanto ya no me desesperaba ni me preocupaba como al principio. Había aprendido a acompañar su silencio.
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 16.10.2026