Historias de la segunda casa de salud

El coro del pasillo, el palo de Richard y la sanidad mental 

En aquella segunda habitación a la que confinaron a Doug, el trasiego de compañeros de cuarto fue constante. La convivencia en esos entornos nunca es fácil, pero la dinámica se volvió especialmente difícil cuando el destino acomodó a Doug en el mismo cuarto de un residente llamado Richard. Para completar el panorama del sector, la habitación quedaba justo de frente a la celda de un hombre que se pasaba el día entero gritando «¡Help! ¡Help!» de una manera continua, monótona y desgarradora. Tenía un eco tan lúgubre que casi parecía que el infeliz estaba llorando de forma perpetua.

Richard, por su parte, tenía sus propios métodos coloniales para lidiar con el abandono. Se pasaba horas enteras golpeando con fuerza el aparato de aire acondicionado de la pared utilizando una vara de metal, en un intento desesperado por llamar la atención del personal de guardia. Pero las enfermeras y los camilleros parecían sufrir de una sordera crónica e incurable ante los ruidos molestos.

Para empeorar la convivencia, a Richard le encantaba encender la televisión y subir el volumen al máximo de los parlantes. Por todo eso, confieso que sentí un alivio y un agradecimiento enormes el día en que, por motu proprio, Richard decidió exigirle a la administración que lo mudaran de sector para no tener que seguir coexistiendo con nosotros en el mismo perímetro. Tal parece que Doug y yo no le caíamos en gracia.

Toda esa sarta de ruidos desquiciantes, alarmas desatendidas y gritos de auxilio solo atentaba contra mi propia sanidad mental. La gran mayoría de los residentes que estaban internados allí se encontraban en un estado tan avanzado de deterioro, o tan sumergidos en sus propios mundos de medicación, que ni se enteraban de lo que sucedía a su alrededor. El estrépito les pasaba de largo.

Pero ese no era mi caso, claro... Yo conservaba mis cinco sentidos intactos y me daba cuenta de cada injusticia. Yo estaba casi tan presa dentro de esa casa de salud como el propio Doug. Estaba agotada, pero la retirada no era una opción viable: no podía agarrar la cartera e irme a mi casa porque sabía perfectamente que si yo renunciaba y daba el brazo a torcer, ¿quién iba a sacar la cara por él? No había nadie más. Era solo yo, con mi inglés a medias, plantada contra todo el sistema médico estadounidense.

Pero toda esa trinchera era algo que Richard y su inseparable vara no parecían tener la capacidad de entender. Su partida nos dio una tregua pero eso no duraría mucho.




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