El frío inesperado de marzo
Recuerdo que un día de marzo perdí el penúltimo ómnibus de la línea 20 y me vi obligada a esperar el último servicio durante casi una hora. Hacía unos 15 °C (59 °F) y estaba muy ventoso, y yo no me había abrigado en absoluto. Usualmente, en esa época del año el clima ya era sumamente agradable, incluso caluroso, pero ese día en particular me morí de frío en la parada.
Si por algún motivo llegaba a perder ese último 20, la única opción que me quedaba era seguir viaje en el 16 hasta el centro de la ciudad ya entrada la noche, esperar allí las líneas 20 o 21 —que me dejaban a varias cuadras de distancia— y luego caminar en la total oscuridad, algo que me daba muchísimo miedo.
A esas horas yo ya estaba exhausta y caminar no era una alternativa viable. El 16 me dejaba a varios kilómetros de mi destino, creo que a unos cuatro.
La calefacción a treinta y cuatro grados
Otra tarde, el clima nos jugó la jugarreta contraria. Hacía unos 34 °C (93 °F) de calor, pero se ve que temprano en la mañana había refrescado, por lo que el chofer había encendido la calefacción y luego se había olvidado por completo de apagarla. Para colmo de males, ese día, cosa muy rara en esos recorridos, el ómnibus iba completamente lleno.
Yo llevaba un bombón guardado en un bolsillo. Cuando me acordé de él y lo encontré, el calor lo había transformado por completo: estaba tan absolutamente derretido que, al tocarlo, parecía un sachet de ketchup o de mayonesa.
Por todas estas peripecias, cuando por fin pude comprarme un auto mucho tiempo después, significó una enorme liberación. Pero nada es fácil en la vida, y la llegada de ese vehículo tiene su propia historia.
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Editado: 07.11.2026