Para el lector que se adentre en estas páginas, puede resultar llamativo e incluso insólito que este libro comience hablando directamente de la «segunda» casa de salud. El motivo es muy simple: la primera institución tuvo tan poca relevancia en el proceso que no da en absoluto para escribir un libro, aunque los pocos hechos que allí ocurrieron son vitales para entender la gravedad de la situación.
Antes de pisar ese primer centro, Doug ya había pasado casi un mes entero internado en el hospital. Cuando le dieron el alta médica, yo estaba sumamente enojada y preocupada porque sentía que era demasiado pronto, pero las decisiones institucionales se impusieron. El tiempo, lamentablemente, me terminó dando la razón de la peor manera: en ese primer lugar de cuidados intermedios
Doug estuvo apenas once días. Su estado de salud era tan alarmante y crítico que, de hecho, él ni siquiera recordaba haber estado ahí. Para mí, aquella breve temporada fue una auténtica tortura psicológica y económica. Tenía que pasarme varias horas del día arriba de los ómnibus —un sistema de transporte que ya es todo un tema aparte—, gastando el poco dinero que tenía, para poder llegar al lugar, quedarme un rato muy corto a su lado y simplemente verlo dormir en una cama.
El nivel de postración de mi esposo era total. Recuerdo con dolor que un día los enfermeros intentaron sentarlo en una silla y tuvieron que atarlo por completo porque su cuerpo no se mantenía erguido por sí mismo y se les resbalaba hacia el suelo de forma continua. Lo único bueno y rescatable que hicieron en esa primera casa de salud en esos once días fue reaccionar a tiempo y devolverlo de urgencia al hospital, donde ingresó con una embolia masiva y lo tuvieron que resucitar en la emergencia. Tras salvarle la vida, tuvo que quedarse internado por más de un mes adiciona.
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 16.10.2026