Historias de la segunda casa de salud

Prólogo

Estas crónicas íntimas nacieron en el año 2010, al amparo del silencio espeso de una pieza médica en la ciudad de Tucson, Arizona.

Mi segundo esposo, Doug, sufrió un severo infarto cerebral (o ACV, un accidente cerebrovascular que interrumpe de golpe el flujo de sangre y oxígeno a una parte del cerebro) el 22 de enero de aquel año. . Los doctores utilizaron de forma oficial la palabra «catastrófico» para describir el cuadro, un término que pinta con total y cruda claridad la magnitud de lo que estaba pasando en su cuerpo.

Pasó un período internado y su primera alta médica se decretó de forma muy apresurada el 11 de febrero, enviándolo a una primera casa de salud donde la experiencia fue desastrosa; solo permaneció allí durante once días y estaba en un estado tan complejo y aturdido que él ni siquiera recordaba haber pisado ese lugar. Yo me encontraba profundamente enojada por la ligereza con la que se había resuelto esa alta médica.

Sin embargo, en medio de la casi negligencia institucional, el nurse practitioner (enfermero especializado) de la propia casa de salud actuó con una lucidez providencial. Fue ese hombre quien le salvó la vida a Doug, detectando el peligro que nadie más veía, y siempre le estaré profundamente agradecida.

Me explicó con gravedad que por la forma forzada en que se ponía su vientre él no estaba respirando bien. Así que lo único bueno que hizo el personal en esa primera clínica fue, finalmente, devolverlo al hospital de urgencia.

Yo me sentí aliviada cuando lo decidieron, pero aún no conocía la real magnitud de su gravedad. Al retornar al hospital, la situación era de un peligro absoluto. Tenía una embolia pulmonar, que es el bloqueo súbito de una arteria en los pulmones causado por un coágulo de sangre que viaja desde otra parte del cuerpo. Debido a esa asfixia generalizada, al llegar al hospital lo tuvieron que resucitar porque se les quedaba en la camilla.

A partir de allí pasó mucho más tiempo en la unidad de cuidados intensivos, intubado e sedado para evitar la incomodidad de tener ese tuvo para poder respirar, y los especialistas decían que tal vez no iba a poder hacerlo por su cuenta, sugiriendo que podría tener que estar conectado a una máquina por el resto de sus días. Por suerte, ese diagnóstico negro no se cumplió.

Finalmente lo trasladaron a cuidados intermedios y esta vez las autoridades fueron muchísimo más cuidadosas antes de otorgarle una nueva alta, la cual se concretó el 25 de marzo de 2010. Sin embargo, él pasaba muchas horas del día sumido en un sueño profundo.

Sentada allí, inmóvil a los pies de su cama, con el transcurrir de las horas completamente detenido y haciendo casi nada en el plano físico, encontré en la escritura mi único refugio posible. Empecé a registrar todo lo que observaba en los pasillos de la clínica: la soledad de los residentes, la ternura de sus olvidos y las tragedias silenciosas de la institución. Escribir se transformó en mi manera de acompañarlo, de mantenerme firme en mi puesto y de procesar toda una vida mientras el reloj se congelaba.

En su momento, al publicar estos relatos en Facebook generaron un montón de comentarios que me dieron la pauta de que mis historias poseían una fuerza propia.

Lo que comenzó como una vía de escape para mantener la mente ocupada, hoy es el testimonio fiel de una época que nos cambió la vida para siempre.

Espero que disfruten de este viaje a mis memorias.

NOTA: Pronto habrá un libro independiente dedicado de forma exclusiva a desmenuzar las vivencias de ese complejo período histórico de nuestras vidas.




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