Historias de la segunda casa de salud

El verdadero milagro

El destino a veces se escribe con una precisión matemática asombrosa.

Contemplando hoy lo que sucedió en eos años, tengo la certeza absoluta de que la vida ejecutó un milagro silencioso en la habitación de Doug. Analizo su casi total falta de afectos. Él había estado casado en tres oportunidades anteriores a lo largo de su vida, pero la cruda realidad familiar demostró que ninguna de esas mujeres se ocupó de él en ese tiempo de mayor vulnerabilidad biológica.

La primera de sus ex esposas ya había fallecido. La segunda, según creo, lo odiaba. En cuánto a la tercera hizo algo que me llamó poderosamente la atención: se comunicó un par de veces conmigo pero tampoco pareció interesarse por el estado de Doug. No es que hayamos sido amigas, pero al menos mantuvimos cierta relación civil y de cortesía por un tiempo corto. Esa tercera ex esposa también falleció un tiempo después.

Sin embargo, en la clínica, Doug se encontraba acompañado únicamente por mí. Pero ni una sola pasó jamás a visitarlo por la clínica, ni se dignó a remitirle una tarjeta de cortesía deseándole que se mejorara en el andén de su salud o llamarlo por telefono.

Tampoco sus hijos lo visitaron. Su hijo parecía estar muy molesto con Doug. Su hija se preocupó al principio, alguna vez mandó tarjetas por el día del padre o el cumpleaños de Doug, pero lo que más le importaba, parece, era que yo firmara el formulario de no resucitación. Y así podría seguir...

Sí, hubo algunas visitas pero, esencialmente, era yo. Mis hijas, que llegaron a conocer y apreciar a mi esposo, se ocuparon más de él, que era su padrastro que los hijos de Doug.

Doug tuvo, en la vía de los hechos, la mujer que él precisaba en sus últimos tiempos: una que no sólo lo cuidó y lo acompañó con total lealtad hasta sus últimos días, sino que poseía conocimientos técnicos para defenderlo de las malas prácticas y la desidia del personal médico. Yo contaba con capacitación formal y suficiente como para plantarme con firmeza y ojo clínico, controlando hasta donde me daban las fuerzas que lo atendieran con el stock de excelencia que él merecía.

Además, soy profesora. Apliqué toda mi experiencia docente y pedagógica al mostrador de su rehabilitación biológica: lo hice trabajar en terapias cognitivas que desarrollé especialmenet para él, sobre todo en los primeros meses para lograr que su cerebro se recuperara de la mejor forma posible del daño devastador que su cerebro tenía luego de su infarto cerebral. Logramos quebrar los pronósticos de la medicina inercial a fuerza de amor y de método científico en la pantalla.

También pasaron cosas como que Doug pudo jubilarse justo a tiempo para que yo pudiera ir, casarme con él y hacer mis papeles para poder vivir en EEUU justo antes de su infarto cerebral. Mi entrevista para la residencia fue exactamente una semana antes. Mi green card llegó cuando él ya estaba internado desde hacía varios días.

Muchas cosas pasaron que, vistas objetivamente, parecen inexplicables.

Alguien vino de la nada al hospital, el amigo de un amigo que ni siquiera conocía a Doug, a preguntarme si yo me ofendía, y me dio dinero en la mano cuando yo estaba literalmente muriéndome de hambre en los pasillos de la clínica.

Asimismo, encontré tirada una tarjeta para poder viajar gratis todo el mes en el ómnibus que alguien providencialmente había olvidado al bajarse, además de algunos boletos que me regalaron las asistentes sociales del hospital.

Mirado desde ese punto de vista, todo eso constituyó el real milagro, pero creo que no fue mío, sino de una fuerza superior.




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