Historias de la segunda casa de salud

Llamando a las oficinas de Child Support

La deuda de pensión alimenticia no era mi culpa, obviamente, pero dado que yo vivía con ese dinero, además de sostener a mis hijas, todo esto me afectaba de manera muy directa. Luego de amargarme durante dos días, decidí que tenía que tomar el toro por los cuernos.

Llamé a las oficinas de Child Support y logré que Doug les explicara que yo estaba autorizada a hablar en su nombre. Creo recordar que incluso tuvimos que enviar algún fax firmado por él para que me permitieran resolver el asunto por teléfono.

En esencia, los confronté con una pregunta brutal:

—¿Qué clase de sistema le quita el dinero a un hombre enfermo, a su esposa y a sus hijos menores para dárselo a un hijo que ya tiene casi treinta años?

La mujer que me atendía se quedó sin palabras. Tras un silencio incómodo, comenzó a negociar:

—¿Usted podría pagar cuatrocientos dólares por mes?

—No —contesté de inmediato—. De ninguna manera.

—¿Trescientos? —volvió a preguntar ella.

Y así seguimos regateando la soga hasta que llegó a cien dólares. No es que yo pudiera pagar absolutamente nada en ese momento, pero decidí que algo tenía que ceder para que nos dejaran en paz y levantaran la retención.

Pensé que, eventualmente, esa maldita deuda moriría con Doug. No era mía, ni había sido contraída durante nuestro matrimonio. Yo era legalmente insolvente en ese país y no tenían cómo cobrármela a mí. Solo tendría que cuidarme de no poner jamás nada a nombre de Doug si, por ejemplo, en algún momento podía comprar una casa o un automóvil.

Sin embargo, ese dinero se convirtió en una trampa tiempo después. Al principio, cuando conseguí trabajo, mis ingresos fueron una ayuda. Pero llegó un buen día en el que el Estado me notificó que, como yo ganaba más de un monto legal, todo lo que fuera por encima de esa cantidad me lo iban a retener para pagar el cuidado de Dogu. Todo, no un porcentaje. No les importó en absoluto que cien dólares de ese total ni siquiera se quedaran en mi bolsillo. Para los efectos prácticos del sistema, ellos consideraban que el dinero era mío.

La única solución viable que encontré fue casi dejar de trabajar. De lo contrario, no solo trabajaría gratis para el Estado, sino que encima tendría que pagar impuestos por un ingreso que, en realidad, nunca estaba recibiendo. Sin importar cuánto me esforzara en mi empleo, mi sueldo real siempre iba a ser exactamente el mismo.

El sistema me obligaba a los brazos de la inactividad para poder sobrevivir, pero eso no era lo que yo quería hacer porque yo amaba mi trabajo como tutora en el college de Tucson, uno que quedaba cerca de la tercera casa de salud.

Todo eso me obligó a tomar decisiones extremas en los papeles: decidí trabajar como voluntaria por encima de un monto ficto, lo que fue "pan para hoy y hambre para mañana".

Las verdaderas consecuencias laborales de esa trampa burocrática no terminaría de verse sino hasta mucho tiempo después.




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