Los sudokus del Tohono Transit Center
Para hacer frente a las seis horas diarias que pasaba arriba de los vehículos o sentada en los bancos de las terminales esperando por ellos, desarrollé una pequeña rutina de supervivencia mental: me volví una experta en resolver sudokus.
Los conseguía de los diarios que la gente dejaba, u olvidaba, en los asientos de los ómnibus, o recolectando los folletos gratuitos que distribuían en el Tohono Transit Center, la terminal donde yo hacía la combinación para tomarme la línea 61.
Esos panfletos venían llenos de chistes cortos y juegos de ingenio, y se convirtieron en mis grandes compañeros de viaje.
El tiempo total que pasaba quieta en las paradas esperando a que llegaran los transportes era, usualmente, bastante mayor que el tiempo del viaje en sí; con eso lo digo todo. Aquella gimnasia matemática con los números en el papel era lo único que lograba distraerme de la tiranía del reloj y de la pesadez del asfalto.
Las matemáticas de las calles
Con los días, empecé a estudiar el mapa de la ciudad como si fuera un problema de geometría y llegué a tomarme ómnibus hacia zonas mucho más alejadas, analizando y probando combinaciones posibles para burlar el sistema de horarios.
A veces, en lugar del 16, tomaba la línea 19 que corría por otra calle paralela, pero que también lograba combinar a la perfección con el 20 de regreso a mi hogar.
Sin embargo, a pesar de mis cálculos, casi nunca valía la pena el desvío.
La realidad matemática seguía siendo demoledora: pasaba inevitablemente mucho más tiempo yendo y viniendo por las avenidas que las escasas horas que me quedaban libres para estar adentro de la casa de salud junto a Doug.
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 07.11.2026