Historias de la segunda casa de salud

Soledad

Terrible era la soledad de los residentes. Todos esperaban casi con desesperación el momento en que por fin alguien los venga a rescatar de esa casa de salud.

Varias veces me dijeron con total inocencia en el salón comedor, o en alguno de los corredores de la clínica: «¡Cuando mis hijos (mi familia, etc.) sepan que estoy aquí, van a venir y me van a sacar!». No se daban cuenta, o no querían verlo, de que a la mayoría de ellos los propios familiares los habían llevado a ese lugar.

Lo entiendo. Es muy difícil cuidar de una persona tan malas condiciones. Máxime, si uno tiene que trabajar y no puede estar las 24 horas cuidando a un padre. ¡Pero al menos deberían venir más eguido a visitarlos! Los familiares que yo veía se contaban con los dedos de una mano, y, en general, eran siempre los mismos.

Todos querían irse a su casa, empezando por mi esposo Doug. Por ejemplo, había una residente que se llamaba Jean, que se pasaba el día entero golpeando las puertas de salida y gritando con total desesperación en el pasillo: «I wanna go home!» (¡Quiero ir a casa!).

Todos necesitaban de forma desesperada a alguien en el mostrador que les demostrara un poco de afecto biológico, y te daban las gracias de todo corazón cuando los abrazaba o los besaba en el comedor [health, shopping]. La primera vez me sorprendió. Pero luego, sabiendo con total rigor clínico que eso era exactamente lo que ellos deseaban, prodigaba besos y abrazos a diestra y siniestra por todos los rincones de la clínica.

Es muy simple hacer feliz a otros en la existencia... ¿Por qué no lo hacemos más seguido en la vida diaria?




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