Historias de la segunda casa de salud

Vitus

Vitus, el madrugón y el auto sin aire

Durante los primeros meses en el hospital, tuve la posibilidad de conocer a un par de amigos de Doug. La mayoría fue una o dos veces a visitarlo y luego desapareció, pero hubo uno en especial, un hombre llamado Vitus, al que le guardo un agradecimiento infinito.

Entendiendo las dificultades que yo atravesaba sin que yo se las tuviera que detallar, Vitus me hizo un ofrecimiento que, en ese tiempo, simplificó mi vida sensiblemente.

Él se tomaba el trabajo de llevarme en su vehículo por las mañanas aprovechando el trayecto diario a su trabajo. Para ir con él, yo tenía que levantarme sumamente temprano. Vitus me recogía puntualmente a eso de las seis de la mañana y me dejaba a escasas cuadras de la casa de salud. Él luego continuaba viaje porque entraba a trabajar a las siete.

Por lo general, no me pasaba a buscar a la vuelta, así que yo emprendía el regreso en el sistema de ómnibus. Sin embargo, sí recuerdo que alguna que otra vez lo hizo. Su auto no tenía aire acondicionado y en Tucson el calor es sofocante, llegando a veces a los cuarenta y cinco grados a la sombra.

En Tucson se usan los grados Fahrenheit. Para aquellos que tienen más familiaridad con ellos, eso son 113 °F.

A veces me reía porque mucha gente me preguntaba por el frío o me compadecía pensando que allá hacía mucho en invierno y que nevaba. Tucson está cerca de la frontera con México, se considera un desierto y realmente es una zona sumamente calurosa.

Sin embargo, la geografía a veces da sorpresas y algunas pocas veces sí nevó en Tucson, aunque aquello era algo muy ocasional y extraño.

La mayor parte del tiempo iba cocinándome adentro del habitáculo del auto, pero, como dice el refrán popular: «A caballo regalado no se le miran los dientes». Aquel viaje diario me ahorraba una cantidad enorme de tiempo y de desgaste físico.

Lo que hizo Vitus es un testimonio maravilloso de su generosidad. Su figura aparece como un auténtico ángel guardián en medio de esa odisea diaria mía. Que se tomara el trabajo de levantarse de madrugada para pasarme a buscar a las seis de la mañana y ahorrarme toda la primera parte del viaje en transporte público es un gesto de amistad invaluable.

Yo aprecio su ayuda hasta el día de hoy y fue la razón por la que terminé viajando a Hawaii 14 años después, pero esta vez para ayudarlo a él y devolverle de alguna manera el favor recibido en 2010. Pero esa es una historia para otro día.




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