En el mostrador cotidiano de la casa de salud, la rutina me cruzaba de forma constante con personajes entrañables. Había, de hecho, una segunda Nancy internada en la institución. Ella arrastraba un bache cognitivo severo, pero siempre poseía, sin saberlo, la notable cualidad de arrancarme una espontánea sonrisa con sus comentarios sumamente ingenuos, a pesar de la inmensa tristeza que rodeaba su situación de salud.
Recuerdo patente que venía a mi encuentro y me decía cosas de lo más disparatadas con total naturalidad, como por ejemplo: «Anabel, anoche tuve mellizos». Sin embargo, de forma inmediata la física de la lógica parecía retornar a su cerebro por un segundo, y agregaba con un tono de total asombro: «¡Pero si ya tengo sesenta y dos años! ¡A mi edad, yo ya no debería andar teniendo hijos!».
En otras ocasiones, marchaba contenta hacia mi mesa para contarme el stock de sus ilusiones, asegurándome de lo más campante que se había comprometido formalmente para casarse.
Esos destellos de ternura inocente me aliviaban la rutina diario en los pasillos de la clínica.
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 16.10.2026