Cuando Richard decidió firmemente que quería que lo cambiaran de habitación para buscar nuevos aires, la administración trajo en su lugar a un pobre hombre que, por esas casualidades del destino, también se llamaba así.
Según los comentarios de advertencia que me hicieron las enfermeras del turno, el recién llegado se negaba rotundamente a comer; de hecho, reaccionaba de forma sumamente violenta y le pegaba a todo el mundo si uno intentaba acercarse para darle el alimento en la boca. Yo misma, armada de paciencia, lo intenté en una oportunidad, cosechando exactamente el mismo éxito.
Así que, a partir de ese fracaso y para evitar tensiones, decidí dejarlo hacer estrictamente lo que él quisiera en su cama.
Sin embargo, la dinámica del ala médica guardaba sus bemoles. Durante la tarde, cuando venían algunas enfermeras específicas con las que él parecía tener otra afinidad, el hombre cambiaba de actitud por completo: comía y tomaba un poco de líquidos lo más bien, sin oponer la más mínima resistencia. Por supuesto, el daño orgánico ya estaba hecho; el final de su travesía era completamente previsible y solo tardó unos pocos días de almanaque en llegar a la habitación.
¡Qué muerte más terriblemente solitaria y triste! Se fue de este mundo sin una sola alma que estuviera al lado de él para sostenerle la mano; no aparecieron amigos, ni familiares, ni absolutamente nadie que se interesara por su humanidad en vida o que se presentara posteriormente a preguntar por su partida.
Sus pocas pertenencias personales estuvieron allí, juntando polvo adentro del ropero por varios días, hasta que finalmente alguien de la administración se las llevó de forma anónima para liberar el espacio. Una página gris que se cerró bajo el más absoluto silencio .
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 16.10.2026