La rutina dentro de la casa de salud terminaban por anestesiar nuestros sentidos ante el dolor ajeno.
Tal vez debido a la lejanía física de la nueva habitación en la que nos encontrábamos instalados, tardé un buen bache de tiempo en notar un cambio drástico en el ambiente: los constantes y desesperados gritos de «¡Help, help!» que solían retumbar por los pasillos habían, por fin, desaparecido del mostrador cotidiano. Tampoco escuchaba la vara de Richard, lo que fue un alivio.
Poco tiempo después, cruzando datos con el personal de enfermería, supe la verdad científica del asunto: aquel señor había fallecido. Fue una noticia muy triste que me dejó un manto de silencio en el alma.
Sin embargo, al comentárselo a mi esposo en la penumbra de la pieza, la respuesta y el comentario de Doug fue de una agudeza irónica y un humor negro verdaderamente antológicos: «¡Por fin alguien lo ayudó...!».
Esa frase genial y lapidaria demostraba que su mente seguía perfectamente despierta detrás de la parálisis, considerando a la muerte como el único y definitivo auxilio capaz de silenciar el sufrimiento de los pacientes en la clínica.
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 16.10.2026