Aquel transporte solidario con Vitus me aliviaba el cansancio de las mañanas y, a veces, el de las tardes, pero las matemáticas de los ómnibus seguían rigiendo mi economía. El costo financiero de moverme era el mismo, porque yo compraba un pase mensual de transporte público.
Como Doug tenía un ingreso relativamente bajo y, en ese entonces, yo aún no trabajaba, el sistema me otorgaba una tarifa subsidiada que me salía muy en cuenta para el presupuesto familiar.
Sin embargo, las contradicciones de la burocracia americana no tardaron en aparecer. El año siguiente, cuando fui a renovar el dercho a adquirir ese pase mensual, las autoridades me dieron una respuesta insólita: me dijeron de forma tajante que, si yo no estaba trabajando formalmente, ya no cumplía con los requisitos y no lo podía comprar más el pase con descuento.
Se daba la paradoja de que, precisamente por no tener un salario, me quitaban la ayuda económica para el transporte que necesitaba para visitar a mi esposo.
La traba burocrática del año siguiente explica perfectamente las contradicciones del sistema americano y complicó aún más mis dificultades económicas crónicas.
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Editado: 07.11.2026