Un buen día, la administración decidió mudar a Doug de la hermosa habitación que ocupaba desde su ingreso. Era un cuarto precioso, con una vista abierta hacia el jardín y equipado con un colchón tan enorme como el propio tamaño de Doug, donde además tenía la ventaja de estar solo.
La justificación médica que nos dieron para el traslado fue que él ya no calificaba como "paciente bariátrico". Como consecuencia del infarto cerebral, Doug se pasaba durmiendo casi todo el tiempo; debido a ese letargo, en algunas ocasiones tuvieron que alimentarlo de forma artificial a través de una sonda estomacal y, lógicamente, había bajado varios kilos de peso.
Sin embargo, cuando tiempo después logró recuperar su peso normal, tampoco tuvieron la decencia de devolverle una cama grande. A partir de ese primer movimiento, siempre lo terminaron acomodando en camas que eran demasiado chicas para su contextura física.
Cuando los camilleros lo llevaron a la segunda habitación, el panorama resultó ser desolador. Lo habían empotrado en el espacio que quedaba justo entre la puerta de entrada y una cortina corrediza de tela, la cual estaba pensada para darle privacidad al paciente que ocupaba el lado de la ventana. El diseño era una trampa de aislamiento: si la otra persona decidía cerrar la cortina para tener intimidad, el paciente que estaba contra la puerta quedaba completamente encajonado, viendo únicamente paredes grises o telas colgadas.
La única forma de espiar algo de vida era que la puerta del pasillo permaneciera abierta de par en par. Pero claro, esa supuesta solución traía consigo otra sarta de problemas insufribles: el ruido ambiente del hospital, el trasiego constante de personal y esas alarmas desesperantes de los pacientes que intentaban reclamar la atención de los enfermeros y que sonaban sin parar durante horas. El personal médico parecía padecer de sordera crónica.
A fuerza de insistir y plantarme con firmeza ante los encargados, por suerte logré que las autoridades de la casa de salud aceptaran cambiarlo al lado de la ventana. Para alguien que está postrado en una cama, que no puede valerse por sí mismo y decir sencillamente «me voy a pasear un rato al jardín», o que ni siquiera tiene la autonomía de pararse para estirar las piernas, el simple hecho de poder contemplar el exterior y ver la luz del día hace una diferencia abismal en su estado de ánimo.
Disfrutamos de esa pequeña victoria diaria y de la luz del sol golpeando en su rostro. Pero en ese lugar las treguas eran de papel, y aquel respiro no duró mucho..
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historias divertidas y tristes, enseñanzas de vida, infarto cerebral y sus consecuencias
Editado: 16.10.2026