Historias de la segunda casa de salud

El Milagro y el mejor piropo de mi vida

En la rutina diario de la clínica, las conversaciones con el personal de enfermería a veces tocaban fibras sumamente profundas.

Una tarde, una de las enfermeras se arrimó a la cama y le dijo a mi esposo con total convicción que los milagros existían; lógicamente, con sus palabras ella se estaba refiriendo de forma científica a la remota posibilidad biológica de que él pudiera volver a ponerse de pie y caminar en algún momento del almanaque.

Yo siempre sostengo de forma risueña que Doug parecía haberse leído entero el libro de las cien mejores respuestas de la historia, y esa tarde no constituyó la excepción a la regla. Él me clavó la mirada y, haciendo un esfuerzo descomunal por articular sus pocos conocimientos del idioma español —ese que se esmeraba tanto en aprender día a día simplemente por darme el gusto a mí—, soltó una frase que me partió el pecho:

«Mi esposa es el...». Y en ese preciso instante se calló, bloqueado de golpe porque sus escasos conocimientos del lenguaje no le permitían continuar. No sabía como se decía la palabra «miracle» en mi idioma natal. Sin embargo, su declaración no precisó más. Lo que quería decir era claro para ambas. Una lágrima limpia comenzó a rodar por su mejilla, complementando el sentido de su comentario y haciendo muy claro su forma de pensar.

Ese es, probablemente, el mejor piropo que él me ha dedicado en todos nuestros años de casados; es más, considero con orgullo que tal vez constituye el piropo más hermoso y elevado que he recibido en toda mi existencia entera.

¿Lo mejor de todo el asunto? Cuando le conté esta anécdota a mi hija menor y su respuesta inmediata fue: «¡Mamá, me emocionaste por completo!». Posteriormente se lo transmití a mi hijo varón, y él me contestó con una nobleza imponente: «Vos te merecés eso y muchísimo más».

Finalmente, al conversarlo con mi hermana, ella me aseguró con total cariño que yo era una persona sumamente bella, una evaluación idéntica a la yo aplicaba sobre el alma de Doug.

Al mirar el pasado con perspectiva científica en este jueves de otoño, comprendo de golpe mi presente: tal vez haya sido la inmensa altura de ese amor tan puro y respetuoso la verdadera causa de que jamás haya logrado encontrar a un hombre con el cual rehacer mi vida.




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