Historias de la segunda casa de salud

La tiranía del sistema de los ómnibus

La burla de los horarios

Para poder visitar a Doug en la casa de salud, mi rutina diaria se convirtió en una intrincada odisea de transporte público.

Tenía que tomarme tres ómnibus para ir y otros tres para volver. Además, los recorridos estaban tan mal sincronizados que, cuando yo llegaba al final del primer tramo en la línea 20, veía alejarse invariablemente al segundo ómnibus, el 16. ¡Casi me parecía que ese segundo vehículo me tomaba el pelo a propósito!

Como profesora de matemática que soy, yo no podía entender por qué las personas que habían diseñado el diagrama de horarios no habían pensado en algo tan simple: retrasando la salida del 16 apenas un minuto, los viajes en ómnibus para todos los usuarios se harían muchísimo más tolerables. O adelantando la salida del 20 si retrasar el 16 caudaba problenmas con otras líneas.

Por suerte, esa segunda línea pasaba bastante seguido: cada quince minutos en días hábiles y cada media hora los fines de semana. Además, usualmente trabajaba hasta tarde.

El tramo largo y la amabilidad del camino

Al bajar del segundo transporte, venía la última etapa del viaje: tenía que tomarme el ómnibus 61, que lamentablemente me dejaba a varias cuadras de distancia de la casa de salud.

Aquello no era nada conveniente, sobre todo cuando el calor apretaba y dada la hora a la que yo me lo tenía que tomar cotidianamente. La única gran ventaja de ese tramo era que los choferes eran personas sumamente amables, lo que aliviaba un poco la pesadez del trayecto.

A veces, si llegaba a la parada y veía que acababa de perder el 61, prefería hacer el tramo a pie. Esa línea pasaba a veces cada media hora y, en ocasiones, cada hora. La caminata era de aproximadamente uno o dos kilómetros.

Sin embargo, si salía con buen tiempo, lo hacía sin problemas. Al final de cuentas, ¡hacerlo caminando o quedarme parada esperando terminaba siendo casi lo mismo!

La tiranía del ómnibus 20

El mayor problema de toda esta logística no era el final del viaje, sino el inicio: el ómnibus que salía desde mi propia casa, el 20. Esa línea pasaba cada media hora y, en ciertos horarios o los fines de semana, cada una hora. Para colmo, el último servicio del día llegaba de regreso a mi casa a las seis y poco de la tarde.

Esa limitación tan estricta me obligaba a una rutina milimétrica: salía de mi hogar a eso de las ocho de la mañana para poder llegar a la casa de salud sobre las once. Luego, estaba obligada a emprender la vuelta a eso de las tres de la tarde para asegurarme de tomar el penúltimo ómnibus hacia mi barrio, que pasaba a eso de las cinco.

Si por algún percance lo perdía, aún me quedaba un último cartucho: el último 20 de ese día.

En resumen, yo viajaba varias horas diarias para poder pasar apenas unas pocas junto a Doug. La tiranía dell sistema y dell reloj parecían diseñados para desgastar mis fuerzas aún antes de cruzar la puerta de la institución.

El cansancio se me acumulaba día tras día, amén de la preocupación de qué pasaría con el cuidado de Doug luego de irme a casa.




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