Historias de la segunda casa de salud

Viviendo en la casa de salud

La liana suelta

Para que se entienda la realidad de aquellos meses, es necesario revelar cómo terminé en esa situación. Yo acababa de llegar a los Estados Unidos; hice pacientemente todos mis papeles y, justo cuando ya estaba a punto de poder empezar a trabajar formalmente, mi esposo cayó gravemente enfermo. Yo había dejado toda mi estabilidad y mi empleo en Uruguay. Hice exactamente como Tarzán: me tiré con fuerza de una liana para agarrar la liana siguiente... pero la otra liana estaba completamente suelta.

Entonces me precipité directo al suelo. Fue una caída libre brutal, y tuve la inmensa suerte de poder sobrevivir al impacto porque, entre tantas otras cosas, tenía a mis hijos en Uruguay que todavía dependían económicamente de mí. La idea original de nuestro proyecto era traerlos pronto con nosotros pero, tal y como se dieron las cartas, los planes tuvieron que cambiar de forma drástica.

Así fue como me vi atrapada en una encrucijada terrible, literalmente muriéndome de hambre en los hospitales y en las casas de salud, hasta que el viento cambió y las cosas finalmente mejoraron.

El menú de la palma de la mano

Vivir en la segunda casa de salud me simplificaba muchísimo la existencia en el día a día. La señora que me permitió alojarme allí fue sumamente generosa y me entregó también algunos tickets de descuento para la comida. Sin embargo, en cuanto esos cupones se terminaron, tuve que empezar a costearme el menú completo por mi propia cuenta. Aquello representaba un presupuesto importante para mi economía de ese entonces. La comida en sí no era de mala calidad, pero las porciones eran llamativamente escasas.

El menú fijo constaba siempre de una entrada —que podía ser sopa o ensalada—, seguida de un plato principal y un postre. El control de las raciones era tan estricto que, por ejemplo, si el plato fuerte de la jornada incluía puré de papas, este era servido meticulosamente con una cuchara de helado para no pasarse ni un gramo. La carne que usualmente lo acompañaba medía de forma estandarizada algo así como siete centímetros de largo por cinco de ancho y apenas un centímetro de espesor; más o menos el tamaño exacto de la palma de mi mano, sin incluir los dedos.

Ante semejante panorama, no me quedó más remedio que acostumbrar al cuerpo a comer bastante menos. Debido a la escasez, cuando alguno de los residentes dejaba intacto su postre —como por ejemplo, su porción de gelatina—, yo me la comía encantada para no desperdiciar nada.

Lamentablemente, esa costumbre me terminó acarreando problemas serios con el personal de la institución. Llegaron al extremo de acusarme formalmente de robarles la comida a los internados. Yo no me quedé callada: les contesté con total firmeza que ese alimento ya estaba descartado y que de todas formas lo iban a tirar directo a la basura. Aunque ante la contundencia de mi argumento no me pudieron replicar nada, la incómoda y tensa situación que se generó con el paso de los días fue una de las razones fundamentales por las que terminé tomando la determinación definitiva de terminar sacando a mi esposo de esa institución.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.