POV Harper
La mujer mayor apareció en la entrada de la sala de espera. Tendría unos cincuenta años y llevaba un traje azul oscuro, el cabello rubio recogido y una expresión que combinaba autoridad con paciencia.
—¿Harper Reed?
Me puse de pie.
—Sí.
Sus ojos recorrieron mi ropa durante una fracción de segundo. No hubo burla en su expresión, solo una evaluación rápida y profesional.
—Puede pasar.
La seguí por un pasillo amplio. Mis pasos parecían demasiado ruidosos sobre el suelo brillante. A cada lado había puertas de cristal, oficinas ocupadas por abogados y asistentes que hablaban en voz baja mientras revisaban documentos. El lugar era exactamente como siempre había imaginado una firma de alto nivel, aunque verlo en persona resultaba más intimidante.
La mujer se detuvo frente a una puerta de madera oscura.
—El señor Blackwood la está esperando.
Tomé aire.
—¿Puedo preguntarle su nombre?
Ella pareció sorprendida por la pregunta, pero luego sonrió ligeramente.
—Margaret Ellis. Soy la asistente ejecutiva del señor Blackwood.
—Mucho gusto.
—Buena suerte, Harper.
Margaret abrió la puerta.
Alexander estaba sentado detrás de un escritorio enorme, revisando algunos documentos. No levantó la vista cuando entré. La luz que se filtraba a través de los ventanales iluminaba parcialmente la oficina, dejando algunos rincones en penumbra. Detrás de él, Seattle se extendía entre edificios de cristal y un cielo gris que amenazaba con volver a cubrirse de lluvia.
La oficina era sobria, elegante y ordenada. No había objetos innecesarios. Una biblioteca ocupaba toda la pared izquierda, y sobre otra descansaban varios reconocimientos legales. Todo en aquel espacio reflejaba control.
Incluso él.
—Siéntese —dijo sin mirarme.
Me senté frente a su escritorio. El cuero frío de la silla me hizo enderezar la espalda. Durante unos segundos, solo se escuchó el sonido de las hojas que él iba pasando.
Me había visto entrar.
Estaba segura.
También estaba segura de que había escuchado la conversación anterior. Sin embargo, ninguno de los dos mencionó el comentario sobre las pasantes.
Yo no pensaba ser la primera en hacerlo.
Alexander continuó leyendo mi expediente. Su rostro permanecía inclinado y una de sus manos sostenía el borde de la carpeta. Desde aquella distancia pude reconocerlo, aunque los años habían endurecido los rasgos que recordaba del auditorio.
Seguía siendo imponente. Masculino. Hermoso.
Pero ahora su belleza no era lo primero que llamaba mi atención. Era su presencia. La manera en que llenaba la oficina sin necesidad de levantar la voz. La sensación de poder que parecía acompañar cada uno de sus movimientos.
Me obligué a mirar mis propias manos.
No estaba allí para admirarlo.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó de pronto.
—Diecinueve.
Alexander levantó la mirada.
Sus ojos eran más claros de lo que recordaba. Grises, quizá, aunque la iluminación de la oficina los hacía parecer casi azules. Su expresión no revelaba sorpresa, pero un leve fruncimiento apareció entre sus cejas.
—¿Diecinueve?
—Sí, señor Blackwood.
—La evaluación estaba dirigida a estudiantes de último año.
—Lo sé.
—Entonces explíqueme por qué una estudiante de tercer año decidió presentarse.
Su voz no era hostil, pero tampoco amable. Cada palabra sonaba como una pregunta cuidadosamente diseñada para descubrir una debilidad.
—Quería saber qué tan difícil era el examen y en qué debía prepararme durante los años siguientes.
—¿Y esperaba obtener el resultado que obtuvo?
—No.
La respuesta pareció desconcertarlo más que mi edad.
—¿No?
—No esperaba aprobarlo. Mucho menos obtener el puntaje más alto de la historia del programa.
Alexander bajó la mirada hacia la carpeta.
—Sin embargo, lo hizo.
—Sí.
—¿Está intentando impresionarme?
—No.
Su expresión se endureció.
—Todos los candidatos que llegan a esta oficina intentan impresionarme.
—Entonces no tendría sentido que yo hiciera lo mismo.
El silencio que siguió fue tan repentino que pude escuchar el latido de mi corazón.
Alexander apoyó los antebrazos sobre el escritorio y entrelazó las manos.
—Tiene una opinión bastante elevada de sí misma.