La ley del Corazón

Capítulo 13

Capítulo 13

Seattle

POV Alexander Blackwood

Harper Reed no pidió un trato especial después de obtener su título.

No solicitó que la firma adelantara su promoción ni utilizó el resultado de sus exámenes para exigir una posición mejor. Simplemente presentó la solicitud para realizar el examen profesional y continuó trabajando con la misma disciplina con la que había llegado a Blackwood.

Eso fue lo primero que me llamó la atención.

La mayoría de los estudiantes que alcanzaban un resultado extraordinario comenzaban a comportarse como si el mérito les concediera derechos especiales. Esperaban privilegios, tareas más importantes y la tolerancia que no habíamos ofrecido a nadie más. Harper, en cambio, llegó cada mañana a la misma hora, revisó los expedientes que Margaret le asignaba y mantuvo sus obligaciones académicas sin permitir que nadie hiciera su trabajo por ella.

Ni siquiera después de recibir la certificación anticipada de la universidad.

—Solicitó la fecha más próxima para el examen profesional —me informó Margaret una mañana.

Yo estaba revisando un contrato cuando levanté la mirada.

—¿Cuándo?

—Dentro de tres meses.

—Es poco tiempo.

—Para la mayoría de los candidatos, sí.

—¿Y para ella?

Margaret sonrió apenas.

—Eso tendrás que decidirlo tú.

No me gustaba que Margaret hablara como si conociera mis pensamientos mejor que yo. Mucho menos me gustaba que tuviera razón con tanta frecuencia.

—No voy a decidir nada —respondí—. La comisión evaluará su examen.

—La comisión evaluará sus conocimientos. Tú evaluarás si está preparada para continuar en la firma.

—Todavía no es abogada.

—Tampoco es la misma estudiante que contrataste.

No respondí.

Harper había dejado de ser una presencia casi invisible en el piso de investigación. Los asociados comenzaron a buscarla cuando necesitaban encontrar un documento, comprobar un precedente o revisar una contradicción en un expediente.

Al principio, ella parecía sorprendida cada vez que ocurría. Después comenzó a responder con la seguridad de quien había aprendido que su criterio merecía ser escuchado.

Yo observaba ese cambio desde la distancia.

No era difícil hacerlo. La oficina que le habían asignado seguía encontrándose cerca de mi despacho y los paneles de cristal permitían ver el área de trabajo sin necesidad de salir. Harper pasaba horas frente a documentos, con los lentes apoyados sobre el puente de la nariz y una expresión concentrada que no dejaba espacio para distracciones.

Lana y Alma habían tenido razón en algo.

Harper no se parecía a nadie de su edad.

No porque careciera de juventud, sino porque había tenido que madurar antes de tiempo. Había aprendido a responsabilizarse por sí misma cuando otros todavía podían refugiarse en sus familias. Cada decisión estaba respaldada por un esfuerzo que no necesitaba anunciar.

No había construido su futuro esperando que alguien lo hiciera por ella.

Yo entendía ese tipo de ambición.

También sabía reconocer el precio que solía cobrar.

Los tres meses previos al examen profesional fueron intensos. Harper trabajaba durante las horas establecidas y estudiaba por las noches. No aceptaba invitaciones que pudieran distraerla, rechazaba reuniones innecesarias y llevaba consigo una carpeta llena de resúmenes que revisaba cada que tenía tiempo.

En más de una ocasión la encontré dormida sobre un expediente.

No era mi intención verla.

Si salía de mi oficina después de una llamada, podía observarla a través del cristal. Algunas veces permanecía inmóvil durante varios segundos, con el rostro apoyado sobre una mano y el cansancio marcado en sus facciones. Después se enderezaba, se colocaba los lentes y volvía a leer como si su cuerpo no hubiera pedido descanso.

La primera vez que ocurrió, le pedí a Margaret que le ordenara retirarse.

—No —respondió.

—¿No?

—Si quieres que se vaya, díselo tú.

—No es necesario.

—Entonces no me pidas que lo haga.

Margaret continuó caminando por el pasillo y me dejó con una irritación que no estaba dispuesto a reconocer como preocupación.

Al día siguiente, Harper llegó a la misma hora.

No llevaba el saco azul marino de su primer día, vestía de manera profesional, con sobriedad y seguridad.

El examen profesional se realizó en una sede académica ubicada en el centro de Seattle. Harper llegó temprano y salió varias horas después con el rostro pálido y el cansancio de quien había agotado todas sus reservas.

No me informó cómo le había ido.




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