La ley del Corazón

Capítulo 6

Capítulo 6

Seattle, 2019

POV Harper Reed

—Entonces, ¿cómo fue la entrevista? —preguntó Lana.

Estábamos sentadas en una de las mesas de la cafetería de la universidad. Afuera, el cielo de Seattle volvía a cubrirse de nubes y la lluvia comenzaba a golpear los ventanales. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el de los libros que Alma había dejado abiertos frente a nosotras.

Yo llevaba varios minutos intentando explicarles lo ocurrido, pero cada vez que mencionaba una pregunta de Alexander, las dos intercambiaban una mirada divertida.

—¿Y cómo te trató nuestro hermano? —preguntó Alma.

—Como si estuviera interrogando a una sospechosa.

—Típico de Alexander —dijeron al mismo tiempo.

Lana apoyó el codo sobre la mesa y sonrió.

—Déjame adivinar. No sonrió, no te ofreció café y te hizo sentir que estabas a punto de ser expulsada del edificio.

—No me hizo sentir que estaba a punto de ser expulsada.

Alma arqueó una ceja.

—Harper, acabas de describir exactamente a Alexander.

—También me preguntó por qué quería estudiar Derecho, si podría soportar el ritmo de la firma y qué haría si no estaba de acuerdo con una de sus decisiones.

—¿Y qué le respondiste? —preguntó Lana.

—Que no obedecería una orden ilegal.

Las dos se quedaron en silencio.

—¿Le dijiste eso? —preguntó Alma.

—Sí.

—¿A Alexander?

—Era una entrevista de trabajo. Me hizo una pregunta.

Lana llevó una mano a su pecho, fingiendo horror.

—Harper, nuestra familia va a necesitar tiempo para recuperarse de semejante atrevimiento.

No pude evitar reírme. La tensión que había llevado en los hombros desde la entrevista comenzó a aflojarse. Con Lana y Alma siempre ocurría lo mismo. Bastaba con que me miraran de aquella forma exagerada para que mis preocupaciones dejaran de parecer tan enormes.

—No sé si lo hice bien —admití después.

—¿Te dijo algo? —preguntó Alma.

—Me dijo que recibiría su respuesta en unos días.

—Eso es todo lo que dice cuando no quiere revelar lo que está pensando —explicó Lana—. Podría estar impresionado o podría estar planeando demandarte por haberlo contradicho.

—Lana.

—Estoy bromeando. Más o menos.

—No me estás ayudando.

—Claro que sí. Te estoy preparando para trabajar con él.

En ese momento, sonó mi teléfono.

Al contestar, escuche una voz familiar.

—Harper Reed —dijo.

Me puse de pie de inmediato a pesar de que no podía verme.

—Sí.

—Empiezas el lunes.

Durante un segundo, no comprendí sus palabras.

—¿El lunes?

—A las ocho de la mañana. Te enviaré por correo la información sobre el horario, el código de acceso y los documentos que deberás presentar en Recursos Humanos.

—¿Me han aceptado?

Margaret hizo una pausa.

—El señor Blackwood tomó una decisión.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Alexander?

—¿Conoces a otro señor Blackwood?

—No.

Revise mi correo, una emoción intensa me recorrió el cuerpo. Era una confirmación sencilla. Un documento con mi nombre, la fecha de inicio y las condiciones de la pasantía.

Pero para mí significaba mucho más.

Significaba que, por primera vez, una puerta se había abierto y yo no estaba observándola desde el otro lado.

Iba a entrar.

—Gracias —dije, intentando que mi voz no temblara.

—No me agradezcas a mí. Yo solo me salte una orden directa de mi jefe.

—Po eso mismo…

—Entonces asegúrate de demostrarle que tenía razón.

Antes de colgar añadió:

—Y llega puntual. Alexander detesta esperar.

—Lo tendré presente.

—También detesta que le hagan perder el tiempo.

—Eso ya me lo dejó claro.

Margaret hizo otra pausa.

—Entonces ya tienes una ventaja.

Después colgó.

Yo continué de pie sosteniendo el teléfono mientras seguía leyendo el correo.

—¡Lo lograste! —exclamó Lana.

Se levantó y me abrazó con tanta fuerza que casi dejé caer el celular. Alma se unió a nosotras y, durante unos segundos, las tres permanecimos abrazadas en medio de la cafetería mientras algunos estudiantes nos observaban.




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