Seattle, 2019
POV Alexander Blackwood
El primer día de Harper Reed comenzó antes de que la mayoría de los abogados llegara a la firma.
Lo supe porque Margaret dejó sobre mi escritorio el registro de acceso del piso ejecutivo junto con mi café. No era su manera habitual de informarme quién había llegado temprano. Lo hizo porque conocía mi opinión sobre los horarios y porque, desde que Harper había aceptado la pasantía, parecía decidida a demostrar que no necesitaba que nadie la vigilara.
—Llegó a las siete cuarenta —dijo desde la puerta.
Levanté la vista de los documentos que estaba revisando.
—La jornada empieza a las ocho.
—Lo sé.
—Entonces no había ninguna razón para que llegara veinte minutos antes.
—Tal vez quería asegurarse de no llegar tarde.
—O tal vez quería que todos notaran cuánto se esfuerza.
Margaret entró en la oficina y dejó una carpeta sobre el borde de mi escritorio.
—Si quisiera llamar la atención, habría llegado después de las ocho y habría anunciado su llegada.
No respondí.
Margaret conocía mis silencios. Sabía distinguir los que significaban que había terminado una conversación de los que demostraban que estaba considerando sus palabras.
—Su tarjeta ya está activa —continuó—. Recursos Humanos recibió los documentos y le asigné un espacio cerca del equipo de investigación.
—No la coloques demasiado cerca de mi oficina.
—Ya está cerca de tu oficina.
Le dirigí una mirada seca.
—Fue la única mesa disponible desde donde puede consultar al equipo sin interrumpir a los asociados.
—Busca otra.
—No.
—Margaret.
—Alexander.
El tono firme de mi asistente me indicó que la discusión había terminado. Con Margaret ocurría con demasiada frecuencia. Se había convertido en una de las pocas personas que no confundían mi autoridad con la obligación de obedecer cada una de mis órdenes sin cuestionarlas.
—¿Le entregaste el expediente civil? —pregunté.
—Sí. También le expliqué sus responsabilidades.
—¿Y?
—Se sentó a trabajar.
—Eso hacen todos los pasantes durante la primera hora.
—Entonces tendrás que esperar para decidir si ella es diferente.
Margaret salió antes de que pudiera responderle.
Me levanté y caminé hasta los ventanales. Desde mi oficina podía ver una parte del área de investigación a través de los paneles de cristal. No era una vista que utilizara con frecuencia. Prefería concentrarme en los casos y no en el movimiento constante de personas que entraban y salían del piso.
Sin embargo, esa mañana mis ojos buscaron el escritorio nuevo.
Harper estaba sentada frente a una carpeta abierta. Llevaba un pantalón oscuro, una blusa color marfil y el saco azul marino que había usado durante la entrevista. La ropa le quedaba bien. Demasiado bien, quizá, porque por un instante no la asocié con la joven que había llegado a mi oficina con un saco ancho y una expresión decidida.
Sus nuevos lentes tenían una montura fina y oscura. Le daban una apariencia más madura, aunque no lograban ocultar su juventud.
No sabía quién había elegido su ropa.
Tampoco me importaba.
Eso fue lo que me dije antes de volver a mi escritorio.
Durante las dos horas siguientes intenté concentrarme en una negociación pendiente. Leí el mismo párrafo tres veces y tuve que pedirle a uno de mis asociados que repitiera una explicación que había entendido desde el principio.
La distracción me irritó.
No era responsabilidad de Harper que yo hubiera decidido contratarla. Tampoco era responsabilidad de ella que Margaret hubiera insistido hasta convertir una excepción en una obligación. Si no lograba concentrarme, el problema era mío.