Capítulo 5
POV Alexander Blackwood
Cuando Margaret la hizo pasar, no levanté la vista de los documentos.
No fue un accidente.
Quería comprobar si se presentaría con la ansiedad habitual de los candidatos o si intentaría llamar mi atención de alguna manera. La mayoría de las personas entraba a mi oficina intentando ocupar demasiado espacio. Hablaban antes de que yo les hiciera una pregunta, sonreían más de lo necesario y comenzaban a venderse antes de sentarse.
Harper no hizo nada de eso.
Escuché cómo cerraba la puerta y luego sus pasos se acercaron hasta la silla frente a mi escritorio. Se sentó en silencio.
No carraspeó.
No preguntó si podía comenzar.
No intentó recordarme que había obtenido el mejor resultado.
Continué leyendo durante unos segundos más, aunque ya no estaba concentrado en las palabras de la carpeta. Había algo desconcertante en su silencio. No parecía sumisión. Era autocontrol.
—Siéntese —dije, aunque ya lo había hecho.
La frase era innecesaria. Lo sabía. Ella también.
Levanté la mirada.
Y me encontré con una chica mucho más joven de lo que había imaginado.
Harper llevaba una blusa blanca y un saco gris que le quedaba ligeramente grande. Las mangas eran demasiado largas y los hombros no se ajustaban por completo a su cuerpo. Su ropa era sencilla, pero estaba limpia y cuidadosamente acomodada. El cabello castaño estaba recogido en una trenza, y su rostro mostraba el cansancio de alguien que había dormido poco durante demasiado tiempo.
No parecía una mujer que hubiera ido a la entrevista para llamar la atención de un hombre.
Parecía alguien que había llegado para luchar por un lugar.
La idea me incomodó.
—¿Cuántos años tiene? —pregunté.
—Diecinueve.
Fruncí el ceño.
—¿Diecinueve?
—Sí, señor Blackwood.
—La evaluación estaba dirigida a estudiantes de último año.
—Lo sé.
Su respuesta fue tranquila. No había disculpa en ella, ni el menor intento de hacer que su decisión pareciera menos temeraria.
—Entonces explíqueme por qué una estudiante de tercer año decidió presentarse.
—Quería saber qué tan difícil era el examen y cómo debía prepararme durante los años siguientes.
—¿Esperaba obtener el resultado que obtuvo?
—No.
—¿No?
—No esperaba aprobar. Mucho menos obtener el puntaje más alto de la historia del programa.
La observé con más atención.
La mayoría de los candidatos habría intentado utilizar aquel resultado para impresionar. Harper lo mencionaba como un hecho, no como una medalla.
—¿Está intentando impresionarme?
—No.
—Todos los candidatos que llegan a esta oficina intentan impresionarme.
—Entonces no tendría sentido que yo hiciera lo mismo.
Tuve que contener una reacción.
No fue una sonrisa. No exactamente. Pero sentí el impulso y lo reprimí antes de que alcanzara mi rostro.
Harper Reed tenía más agallas que muchos de mis asociados.
Y no parecía consciente de ello.
—Tiene una opinión bastante elevada de sí misma —dije.
—Tengo confianza en mi trabajo, señor Blackwood. No es lo mismo.
La respuesta me gustó.
Mi expresión no lo demostró.
Había aprendido hacía mucho tiempo a no mostrar lo que pensaba o sentía. En mi mundo, cualquier reacción podía ser utilizada en mi contra. Un gesto de duda podía debilitar una negociación. Una muestra de enojo podía revelar una estrategia. Un comentario mal calculado podía costar millones de dólares o poner en riesgo un caso.
Ocultar mis emociones era una habilidad útil.
También era una costumbre difícil de abandonar.
La entrevista continuó.
Le pregunté por qué quería estudiar Derecho y ella no recurrió a una respuesta preparada. Me dijo que sabía lo que se sentía no tener a nadie que hablara por uno. Que no quería olvidar que detrás de cada expediente había una persona y que la compasión no debía impedir que un abogado pensara con claridad.
No respondió como una estudiante que quería agradarme.
Respondió como alguien que había pensado en esas cuestiones mucho antes de entrar a mi oficina.
La presioné.
Le señalé que la compasión podía ser una debilidad. Le pregunté qué haría si su superior rechazaba su estrategia o si un cliente mentía. No cedió, pero tampoco respondió con una rebeldía infantil. Escuchaba cada pregunta, se tomaba unos segundos para ordenar sus ideas y contestaba con una precisión que no correspondía a su edad.