POV Harper
El lunes llegué a la sede de Blackwood veinte minutos antes de la hora indicada.
El vestíbulo estaba tan silencioso como la primera vez, pero algo había cambiado. Ya no me sentía una intrusa esperando que alguien decidiera si podía entrar. Llevaba mi tarjeta de acceso en el bolso, mis documentos en una carpeta nueva y un atuendo que Lana y Alma habían elegido para mí: pantalón oscuro, blusa color marfil y el saco azul marino que se ajustaba a mis hombros.
Aun así, el nerviosismo continuaba allí.
La recepcionista me entregó la tarjeta temporal y me indicó que Margaret me esperaba en el piso superior. Subí en el ascensor con otros tres abogados. Nadie me habló, pero uno de ellos miró mi identificación y luego volvió la vista hacia las puertas metálicas.
Cuando llegué al piso de la firma, Margaret estaba junto a un escritorio vacío.
—Este será tu espacio —dijo.
El escritorio se encontraba en una zona cercana a los equipos de investigación y a varias oficinas de asociados. No estaba en el despacho de Alexander, pero tampoco en un rincón apartado. Desde allí podía ver el pasillo que conducía a su oficina.
Intenté no mirar en esa dirección.
—Tu horario se ajustará a tus clases —continuó Margaret—. No esperamos que abandones la universidad. La beca y tu formación académica siguen siendo tu prioridad.
—Lo entiendo.
—Algunos días trabajarás por la mañana y otros después de tus clases. Si hay una audiencia o una reunión importante, te avisaremos con tiempo.
Asentí mientras tomaba nota.
—Durante las primeras semanas te ocuparás de tareas de investigación y apoyo. Revisarás expedientes, organizarás documentos y prepararás resúmenes para los asociados. No firmarás escritos ni tendrás contacto directo con los clientes hasta que Alexander considere que estás preparada.
—Está bien.
—No te asignaremos tareas menores para castigarte. La investigación es la base de cualquier caso sólido.
—Lo sé.
Margaret me entregó una carpeta.
—Empieza con esto. Es un expediente civil que necesita una revisión de antecedentes y jurisprudencia. Quiero un resumen claro antes del final de la jornada.
Abrí la carpeta y observé las primeras páginas.
—¿Debo entregárselo a usted?
—A mí primero. Si está bien, pasará al equipo de Alexander.
El sonido de su nombre produjo una reacción absurda en mi pecho.
Intenté ignorarla.
—Haré mi mejor esfuerzo.
—No me digas que harás tu mejor esfuerzo. Dime que lo terminarás.
Levanté la mirada.
—Lo terminaré.
—Mucho mejor.
Margaret se alejó para atender una llamada, y yo me senté frente al expediente.
El primer día pasó entre documentos, notas y referencias legales. La firma tenía un sistema de archivo mucho más complejo que cualquier cosa que hubiera visto en la universidad. Cada caso estaba organizado por fechas, jurisdicciones, evidencias y niveles de confidencialidad. Una equivocación podía enviar un documento al equipo incorrecto o retrasar el trabajo de varias personas.
Leí cada página con atención.
Tomé notas, comparé declaraciones y busqué antecedentes relacionados con el caso. A mitad de la mañana, uno de los asociados me pidió que localizara una sentencia específica. En la universidad, aquella tarea habría tomado horas. En la firma, los sistemas estaban diseñados para que todo pareciera más rápido, aunque la cantidad de información fuera abrumadora.
Encontré el documento y preparé una copia para él.
—Gracias —dijo, sorprendido—. Pensé que tardarías más.
—La referencia estaba en una nota al pie del expediente.
—La mayoría no la habría visto.
No supe si aquello era un elogio, así que solo asentí.
Durante el almuerzo, permanecí en mi escritorio repasando las notas. No quería perder tiempo ni demostrar que el trabajo me resultaba difícil. Sin embargo, Margaret apareció con un sándwich y lo dejó frente a mí.
—Comer también forma parte de tus responsabilidades —dijo.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre.
La miré.
—¿Alexander también obliga a sus pasantes a comer?
—Alexander obliga a todos a hacer lo que considera necesario para que la firma funcione.
—Eso explica muchas cosas.
Margaret me estudió durante un segundo.
—¿Te arrepientes de haber aceptado?
—Todavía no ha terminado mi primer día.
—Precisamente por eso te lo pregunto.
Miré el pasillo que conducía a la oficina de Alexander. La puerta estaba cerrada. No lo había visto desde que llegué, pero era imposible olvidar que se encontraba al otro lado.