Capítulo 11
Seattle, 2019-2020
POV Harper Reed
Lana y Alma eran mayores que yo.
Durante mucho tiempo, esa diferencia había sido casi imperceptible. Compartíamos clases, horas de estudio, cafés demasiado cargados y la misma cantidad absurda de trabajos universitarios. Sin embargo, al comenzar su último año, todo cambió.
Ellas tenían una fecha de graduación.
Yo todavía tenía un par de años más por delante.
La noticia de que las mellizas se trasladarían a Boston no fue una sorpresa. Desde que empezamos la universidad, habían hablado de la sede que algún día dirigirían. La familia Blackwood tenía oficinas en varias ciudades, pero la sede de Boston era la que más les interesaba. Allí podrían construir el equipo que siempre habían imaginado: una firma moderna, dirigida por mujeres y reconocida por su capacidad, no por el apellido de los hombres que la habían precedido.
Aun así, escuchar que la fecha estaba decidida me produjo un vacío en el pecho.
—Nos vamos a finales del semestre —anunció Alma una tarde, mientras las tres caminábamos por el jardín central de la universidad.
Las hojas de los árboles se movían con el viento frío y se acumulaban sobre los senderos húmedos. Seattle parecía prepararse para otro invierno gris, pero yo solo podía pensar en que aquel sería el último que pasaríamos juntas en el campus.
—¿Tan pronto? —pregunté.
—Tenemos que instalarnos antes de comenzar la capacitación en la sede —explicó Alma—. Alexander quiere que conozcamos cada área antes de asumir nuestras responsabilidades.
—Alexander quiere muchas cosas —murmuró Lana—. Por suerte, no todas dependen de él.
Alma le lanzó una mirada de advertencia.
—Es nuestro hermano y nuestro futuro jefe durante los primeros meses.
—No puedes hablar de él como si fuera un desconocido.
—Precisamente porque lo conozco puedo hablar así.
Sonreí al escucharlas discutir. Había algo reconfortante en su forma de hacerlo. Podían enfrentarse a cualquier persona, incluido Alexander, y continuar queriéndose cinco minutos después.
—¿Van a trabajar directamente con él? —pregunté.
—Solo durante el periodo de transición —respondió Alma—. La sede de Boston necesita independencia, pero debemos demostrar que podemos dirigirla antes de que la familia nos deje tomar todas las decisiones.
—Y si Alexander intenta controlar cada detalle —añadió Lana—, le recordaremos que no puede dirigir Boston desde Seattle.
—Estoy segura de que encontrará la manera —dije.
Las dos se volvieron hacia mí.
—¿Lo estás defendiendo? —preguntó Lana.
—No. Solo estoy siendo realista.
—Eso suena exactamente a una defensa.
—No lo es.
Pero la verdad era que yo conocía a Alexander muy poco. Hasta ese momento, nuestros caminos se habían cruzado apenas en la distancia. Él había sido mi jefe, aunque casi todas mis tareas llegaban a través de Margaret o de los asociados. No había vuelto a tener una conversación privada con él desde el día en que entré a la firma.
A veces lo veía atravesar el vestíbulo.
Otras veces distinguía su silueta detrás de los paneles de cristal de su oficina.
Nunca me detenía para llamar su atención.
Él tampoco parecía buscar la mía.
Era mejor así.
La presencia de Lana y Alma hacía que la universidad se sintiera menos hostil. Ellas habían sido mi familia elegida mucho antes de que yo entendiera cuánto necesitaba una. Por eso, aunque me alegraba verlas avanzar hacia el futuro que habían planeado, no podía evitar sentir que una parte de mi vida se iría con ellas.
—No vas a quedarte sola —dijo Alma, como si hubiera escuchado mis pensamientos.
—Todavía tendré clases.
—Y la firma —añadió Lana—. Vas a estar tan ocupada que no tendrás tiempo de extrañarnos.
—Eso es lo que dices porque no quieres admitir que vas a extrañarme.
—Voy a extrañar a Alma. A ti te llamaré todos los días para asegurarme de que no te alimentas únicamente de café.
—Eso no tiene sentido.
—No tiene que tenerlo. Soy tu amiga.
Alma tomó mi mano.
—Cuando llegue el momento, queremos que vengas a Boston con nosotras.
La propuesta no era nueva. Me la habían hecho desde el primer año, pero ahora sonaba diferente. Ya no era una idea lejana, sino una posibilidad que comenzaba a tomar forma.
—Lo sé.
—No queremos que pienses que, porque nos vamos, has dejado de formar parte de nuestros planes —continuó Alma—. La sede necesitará personas en las que confiemos.
—Y tú eres una de ellas —dijo Lana—. Aunque todavía tengas que soportar a nuestro hermano durante un tiempo.