La ley del Corazón

Capítulo 7

POV Harper

Estaba en la biblioteca estudiando cuando llegaron Alma y Lana, las conocía demasiado bien estaban tramado algo.

—Tenemos un par de cosas que hacer antes de que entres el lunes —dijo Lana—. Y la primera es que tenemos que solucionar tu ropa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene de malo mi ropa?

Las dos bajaron la mirada hacia mi atuendo.

Llevaba una blusa azul sencilla, pantalones oscuros y mis zapatos de uso diario. No estaban gastados, pero sí tenían la suela demasiado lisa y una pequeña marca en uno de los costados.

—No tiene nada de malo —respondió Alma—. Es cómoda y apropiada para estudiar.

—Pero no para trabajar en una firma de abogados como Blackwood —terminó Lana.

—Margaret dijo que no existía un código de vestimenta.

—No estamos hablando del código de vestimenta —explicó Alma—. Estamos hablando de que tienes que sentirte segura cuando entres allí.

—Puedo sentirme segura con mi ropa.

—Puedes sentirte segura con cualquier cosa —dijo Lana—. Pero también mereces tener prendas que te queden bien.

Intenté protestar, pero no me dieron oportunidad. Una hora después, caminábamos por una tienda elegante del centro, muy lejos de los percheros de segunda mano que yo conocía.

Al principio me sentí fuera de lugar. Las prendas estaban organizadas por colores y tallas, y cada etiqueta tenía un precio que me hacía calcular mentalmente cuántas semanas de comida podía comprar con esa cantidad. Intenté convencerlas de que no necesitaba nada, pero Lana ya había elegido varias blusas y Alma revisaba los sacos.

—Esto es demasiado —dije al ver el montón de ropa sobre el brazo de Lana.

—No es demasiado —contestó—. Es lo básico.

—Para mí no.

Alma dejó un saco gris sobre el mostrador.

—Harper, escucha. No queremos cambiarte ni convertirte en alguien que no eres. Solo queremos que tengas opciones.

—No puedo permitir que gasten tanto dinero en mí.

—No estamos gastando dinero en ti —dijo Lana—. Estamos invirtiendo en una futura abogada.

—Eso suena exactamente a gastar dinero en mí.

—Entonces considéralo un préstamo emocional.

—¿Qué significa eso?

—Que algún día, cuando seas famosa y cobres honorarios imposibles, nos invitarás a cenar.

Alma negó con la cabeza, pero no pudo contener la sonrisa.

Las prendas que eligieron no eran llamativas ni vulgares. Eran elegantes, sobrias y de buen corte. Un par de blusas blancas y marfil, dos pantalones oscuros, un vestido sencillo para las reuniones formales y un saco azul marino que se ajustaba perfectamente a mis hombros.

Por primera vez, entendí la diferencia entre vestir para ocultarme y vestir para presentarme.

No se trataba de mostrar mi cuerpo.

Se trataba de dejar de disculparme por ocupar un lugar.

Después insistieron en cambiar mis lentes. Los míos estaban rayados en una de las esquinas y el marco había perdido parte del color. Yo me había acostumbrado a ellos, pero Alma eligió unos de montura fina y oscura que hacían que mi rostro pareciera más definido.

Cuando me los coloqué, me observé en el espejo.

No parecía otra persona.

Seguía siendo yo.

Solo que, por primera vez, podía verme como la mujer en la que estaba tratando de convertirme.

También compraron un par de zapatos de tacón bajo, cómodos para caminar entre los tribunales y la firma, un bolso estructurado y dos atuendos adicionales para los días en que tuviera que acompañar a un abogado a la corte.

—No sé cómo voy a devolverles todo esto —dije mientras salíamos de la tienda.

—No tienes que devolvernos nada —respondió Alma.

—Pero…

—Harper —interrumpió Lana—, si vuelves a decir que no puedes aceptar algo, te dejaremos en mitad de la acera con todas las bolsas y nos iremos.

—No harían eso.

—Pruébame.

Sonreí y negué con la cabeza.

No podía negar que la ropa me hacía sentir diferente. No más bella, exactamente, sino más preparada. Cada prenda parecía recordarme que ya no estaba entrando a la firma como una estudiante que había tenido suerte.

Había obtenido aquel puesto.




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