Capítulo 12
Seattle, 2019-2020
POV Harper
La despedida fue más difícil de lo que había imaginado.
Nos reunimos en el apartamento que compartían cerca de la universidad. Había cajas apiladas junto a las paredes y maletas abiertas sobre el suelo. La lluvia golpeaba los ventanales mientras Lana intentaba decidir qué libros llevaría a Boston y Alma revisaba una lista de documentos.
—No pueden llevarse todos esos libros —dije.
—Claro que podemos —respondió Lana—. Tenemos un vehículo demasiado grande y una familia demasiado rica.
—Lana.
—¿Qué? Es una descripción objetiva.
Alma cerró la carpeta y me miró.
—Nos llamarás cuando llegues a la firma.
—Trabajo allí desde hace meses.
—Nos llamarás de todos modos.
—Lo haré.
—Y comerás algo que no salga de una máquina expendedora.
—Lo intentaré.
—No —dijeron ambas al mismo tiempo—. Lo harás.
Sonreí, aunque las lágrimas ya me ardían en los ojos.
—Las voy a extrañar.
Lana dejó lo que estaba haciendo y me abrazó. Alma se unió a nosotras, y durante un largo momento ninguna dijo nada. No hacía falta.
Yo sabía que Boston estaba lejos.
También sabía que la distancia no podía deshacer lo que habíamos construido.
Pero el campus sería distinto sin ellas.
Y lo fue.
Cuando comenzó el año académico, la universidad parecía más grande y más vacía. Los lugares que antes compartíamos se convirtieron en recordatorios de su ausencia. La mesa de la biblioteca donde estudiábamos permaneció desocupada durante semanas. La cafetería ya no tenía sus voces ni sus discusiones. Incluso los pasillos parecían guardar el eco de sus pasos.
Afortunadamente, yo ya no estaba allí únicamente como estudiante.
La pasantía en la firma Blackwood ocupaba gran parte de mi tiempo. Cuando no tenía clases, trabajaba en la sede de Seattle. Continuaba encargándome de investigaciones, revisión de expedientes y preparación de informes. Poco a poco, los asociados comenzaron a confiarme tareas más complejas y Margaret dejó de revisar cada una de mis páginas antes de enviarlas al equipo de Alexander.
No significaba que hubiera dejado de corregirme.
Margaret Ellis seguía encontrando errores que yo no veía y señalando detalles que podían cambiar el sentido de un argumento. Pero ya no me trataba como a una estudiante recién llegada. Esperaba de mí precisión, criterio y responsabilidad.
Yo no podía pedir más.
Aquel trabajo me ayudó a soportar la soledad del campus. Ya no tenía que regresar al orfanato después de clases ni pasar todas las tardes rodeada de estudiantes que apenas conocía. En la firma había encontrado una rutina, una meta y un lugar que me exigía crecer.
Aunque Alexander rara vez hablaba conmigo, su influencia estaba en todas partes.
En la forma en que los asociados analizaban un expediente.
En la exigencia de los informes.
En la necesidad de pensar dos veces antes de hacer una afirmación.
Yo formaba parte de su equipo, pero todavía no podía hacer todo lo que hacía un abogado con licencia. Podía investigar, revisar documentos, acompañar reuniones como observadora y preparar argumentos bajo supervisión. Sin embargo, no podía representar a un cliente ni subir al estrado en un juicio.
Para eso necesitaba terminar la carrera y aprobar el examen profesional.
Durante meses, esa idea comenzó a ocupar cada uno de mis pensamientos.
No quería esperar más de lo necesario.
Mi último año avanzó con rapidez. Cumplí todos los créditos exigidos antes de la fecha prevista, entregué el trabajo final y aprobé los exámenes de la facultad con las calificaciones más altas de mi generación. Aun así, la universidad mantenía la ceremonia oficial para varios meses después.
Yo no quería esperar.
No porque despreciara la ceremonia, sino porque no tenía a nadie con quien compartirla de la manera en que otros estudiantes lo harían. Las familias reservarían mesas, comprarían flores y tomarían fotografías. Los padres abrazarían a sus hijos mientras recibían el diploma.
La directora del orfanato probablemente habría intentado asistir, pero su salud ya no era la misma y el viaje hasta la universidad resultaba demasiado complicado. Además, Lana y Alma se encontraban en Boston, comenzando su nueva vida.
No quería convertir una celebración en otro recordatorio de todo lo que había perdido.
Así que solicité una reunión con la decana de la facultad.
—¿Está segura de que quiere recibir la constancia de finalización antes de la ceremonia? —preguntó la mujer mientras revisaba mi expediente.
—Sí.