Capítulo 14
Seatle
Un año después
Harper había cambiado.
No de la manera superficial que otros habrían notado. Su ropa seguía siendo elegante y sobria, sus lentes continuaban formando parte de su imagen y todavía llevaba el cabello recogido.
Lo que había cambiado era la forma en que entraba a una sala.
Ya no pedía permiso para ocupar espacio.
Caminaba con una carpeta bajo el brazo, hablaba con los asociados sin bajar la voz y sostenía sus argumentos ante los clientes sin esperar que alguien confirmara que tenía derecho a pronunciarlos. A los veintiún años, Harper Reed era una de las abogadas junior más jóvenes de la firma.
También era una de las más prometedoras.
Esa mañana la observé atravesar el vestíbulo de Blackwood. Llevaba un traje azul oscuro, zapatos de tacón bajo y el bolso estructurado que Lana y Alma le habían regalado años atrás. Ya no parecía la joven que había llegado a la recepción intentando desaparecer.
Margaret se detuvo junto a mi escritorio.
—La señorita Reed está lista para la reunión con el cliente.
—¿Revisó el expediente?
—Dos veces.
—¿Y el equipo?
—También.
Asentí.
A través del cristal, Harper hojeaba sus notas mientras esperaba a los demás. El cliente llegaría en diez minutos. El caso era complejo, la estrategia todavía no estaba cerrada y cualquier error podía afectar una negociación importante.
Harper levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron a través de la distancia.
Esta vez no apartó la vista.
Yo tampoco.
—¿Vas a entrar a la reunión? —preguntó Margaret.
—Sí.
—Pensé que querías que aprendiera a ocupar espacio.
Miré a Harper una vez más.
—Ya aprendió.
Margaret sonrió como si hubiera estado esperando escuchar esas palabras desde hacía mucho tiempo.
Yo tomé la carpeta del caso y me puse de pie.
Harper había construido un lugar para sí misma dentro del imperio Blackwood.
Y, aunque todavía no estaba dispuesto a reconocerlo, verla allí había comenzado a parecerme inevitable.
Seattle, 2021
POV Harper Reed
El cliente llegó cinco minutos antes de la hora acordada.
Lo supe porque Margaret apareció en la sala de reuniones con una tablet en la mano y esa expresión serena que utilizaba cuando quería que todos recordáramos que el tiempo de la firma era más valioso que cualquier disculpa.
—El señor Whitaker ya está en el vestíbulo —anunció—. Viene acompañado de su directora de recursos humanos.
Asentí y revisé por última vez la carpeta que tenía frente a mí.
El caso pertenecía a Whitaker Logistics, una empresa de transporte con operaciones en varios estados. Uno de sus antiguos supervisores, Daniel Brooks, había presentado una demanda contra la compañía por despido improcedente y represalias. Afirmaba que lo habían despedido después de informar sobre irregularidades en los registros de seguridad y sobre jornadas laborales que no cumplían con las normas internas de la empresa.
La versión del cliente era diferente.
Según el expediente, Brooks había sido despedido por bajo rendimiento, incumplimiento de protocolos y una actitud conflictiva con sus superiores. El señor Whitaker insistía en que la demanda era un intento de venganza de un empleado descontento.
Sin embargo, había una serie de documentos que no encajaban con esa explicación.
Un correo electrónico enviado por la directora de recursos humanos mencionaba una investigación interna sobre las denuncias de Brooks. La investigación aparecía registrada dos días antes de su despido y, aun así, el informe final no constaba en el expediente.
Tampoco había una explicación clara sobre por qué los registros de seguridad de una de las terminales habían sido modificados después de que Brooks presentara su queja.
Yo había pasado los últimos tres días revisando cada página.
No era la primera vez que encontraba contradicciones en un caso. Pero sí era la primera vez que iba a participar en una reunión con un cliente importante como abogada junior, sentada junto a Alexander Blackwood y frente a un hombre que podía decidir si nuestra firma conservaría o perdería una cuenta millonaria.
Me obligué a respirar despacio.
No podía permitirme estar nerviosa.
La puerta de la sala se abrió y el señor Whitaker entró acompañado de una mujer de traje azul oscuro. Era un hombre alto, de cabello canoso y expresión impaciente. No se molestó en sonreír al saludar. Su acompañante, la señora Laura Chen, llevaba una carpeta contra el pecho y parecía mucho más preocupada por la reunión que él.