Mientras Tanto

Capítulo Especial I ‐Cuando todavía éramos nosotros

Bridget

Hay personas que llegan haciendo ruido.

Frank no.

Frank llegó como llegan las cosas buenas.

Despacio.

Sin pedir permiso.

Y, cuando quise darme cuenta, ya ocupaba un lugar en todos mis días.

Todavía recuerdo la primera vez que pensé que estaba enamorada de él.

No fue durante una cita perfecta.

Ni después de un beso.

Fue un martes cualquiera.

Uno de esos días en los que la universidad parecía empeñada en recordarnos que dormir era un privilegio y no un derecho.

Había pasado toda la mañana entre apuntes, trabajos en grupo y profesores convencidos de que su materia era la única que existía.

Salí agotada.

Con el cabello hecho un desastre, una mochila que parecía pesar el doble y la cabeza a punto de explotar.

Y ahí estaba él.

Sentado sobre el capó de su auto, con dos vasos de café en la mano.

Cuando me vio salir, levantó uno de ellos.

—Llegás cinco minutos tarde.

Fruncí el ceño.

—¿Me estabas esperando?

—Hace media hora.

Abrí mucho los ojos.

—¿Media hora?

Se encogió de hombros.

—Sí.

—Frank, estás loco.

—Probablemente.

Me acerqué riendo.

—¿Y por qué no me escribiste?

Me entregó el café.

—Porque sabía que estabas presentando ese trabajo. —Lo miré confundida.—No quería distraerte.

Todavía hoy recuerdo la sensación que tuve en ese momento.

No hizo un gesto enorme.

No apareció con flores.

No organizó una sorpresa.

Simplemente... pensó en mí.

Y eso me pareció inmenso.

Caminamos hasta un pequeño parque que quedaba a dos calles de la universidad.

Nos sentamos sobre el césped.

Él me escuchó hablar durante casi cuarenta minutos sobre una profesora insoportable que había cambiado la fecha de un examen por tercera vez.

No interrumpió.

No intentó solucionar nada.

Solo escuchó.

Y, cuando terminé de desahogarme, dijo muy serio:—Creo que deberías demandarla.

Lo miré.

—¿Qué?

—Por atentado contra tu estabilidad emocional.

No pude evitar reírme.

Tan fuerte que terminé derramando un poco de café sobre mi pantalón.

Él también empezó a reír.

Y durante unos minutos olvidé completamente el cansancio.

Así era Frank.

Tenía una facilidad absurda para hacer liviano cualquier día.

---

Nuestra relación nunca fue una montaña rusa.

Era... hogar.

Nos gustaban las mismas cosas sencillas.

Salir a caminar sin rumbo.

Entrar a librerías solo para oler libros nuevos.

Compartir un café durante horas sin necesidad de llenar todos los silencios.

Él siempre decía que las mejores conversaciones eran las que podían detenerse sin volverse incómodas.

Y conmigo... se detenían mucho.

No porque faltaran palabras.

Sino porque sobraba tranquilidad.

---

Una tarde decidimos cocinar juntos.

Fue un desastre.

La receta decía veinte minutos.

Nos llevó casi una hora.

Quemamos la primera tanda.

La segunda quedó cruda.

Y la tercera... bueno, la tercera era comestible si uno tenía mucha imaginación.

—No está tan mal —dijo Frank después del primer bocado.

Lo miré con desconfianza.

—Mientes fatal.

Terminó riéndose.

—Sí.

Escupimos la comida al mismo tiempo y empezamos a pedir una pizza entre carcajadas.

Mientras esperábamos el pedido, puse música desde mi celular.

Una canción vieja empezó a sonar.

Frank dejó el teléfono sobre la mesa y me extendió una mano.

—¿Bailamos?

Miré alrededor.

—¿Aquí?

—¿Y por qué no?

—Porque estamos en la cocina.

—Precisamente.

Negué con la cabeza.

—Estás completamente loco.

—Pero soy tu loco.

Esa frase.

Qué fácil era creerle.

Tomé su mano.

Y terminamos bailando entre una olla quemada, harina sobre la encimera y el olor a comida arruinada.

Él cantaba horrible.

Horrible de verdad.

Pero lo hacía con tanta convicción que era imposible no seguirle el juego.

Recuerdo haber apoyado la cabeza sobre su hombro mientras seguíamos dando vueltas.

—¿Sabés una cosa? —preguntó.

—¿Qué?

—Cuando tengamos nuestra casa... —Sonreí enseguida. Nos encantaba hablar de ese futuro.—...quiero una cocina enorme.

—¿Solo una cocina?

—Sí.

—¿Y el resto de la casa?

—Me da igual.

Solté una carcajada.

—¿Cómo que te da igual?

—Mientras estés ahí, puedo vivir hasta en debajo de un puente.

Le pegué un golpecito en el pecho.

—Mentiroso.

—Bueno... sí quiero una habitación grande.

—¿Para qué?

—Porque vas a llenar todo de libros.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo sabés eso?

—Porque te conozco. —Sonrió— Vas a querer una biblioteca gigante y una ventana enorme para leer cuando llueva. —Sentí un nudo dulce en la garganta. Porque era exactamente eso. Nunca se lo había dicho. Nunca.—Y la casa no sirve —continuó— si no tiene esa ventana.

No respondí.

Solo lo abracé.

Muy fuerte.

En ese instante pensé algo que jamás le confesé.

"Quiero pasar toda mi vida con este hombre."

Y no me pareció un pensamiento exagerado.

Me pareció... inevitable.

---

Con Frank aprendí que el amor también podía ser tranquilo.

Que no hacía falta sufrir para sentir que era verdadero.

Que alguien podía mirarte como si el mundo dejara de importar por un segundo.

Y yo... me acostumbré a esa mirada.

Creí que sería para siempre.

---

Aquella noche, antes de dormir, él me dejó en la puerta de mi edificio.

No quiso subir porque al día siguiente ambos madrugábamos.

Me dio un beso en la frente.

—Descansa.

—Tu también.

Esperó hasta que entré al edificio.




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