Mientras Tanto

Capítulo Especial V -Después de todo

Bridget

No sé en qué momento dejamos de contar cuánto tiempo llevábamos juntos.

Al principio eran días.

Después semanas.

Luego meses.

Y finalmente dejamos de llevar la cuenta.

Supongo que eso ocurre cuando una persona deja de sentirse como una novedad y empieza a sentirse como parte de tu vida.

Teo ya no era alguien a quien esperaba.

Era alguien con quien contaba.

Y había una diferencia enorme entre ambas cosas.

---

—Estás haciendo trampa.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

Teo estaba sentado frente a mí en una cafetería pequeña, aunque no era la suya.

—Estás leyendo el final.

—No estoy leyendo el final.

—Bridget.

—Solo estoy mirando.

—Eso es leer.

Sonreí.

—No puedes demostrarlo.

Él negó con la cabeza.

—No entiendo cómo puedes hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Leer la última página antes de terminar un libro.

—Me gusta saber cómo termina.

—Eso arruina todo.

—A mí me da tranquilidad.

Teo se quedó mirándome.

—Eso explica muchas cosas.

Le lancé una servilleta.

Él se rio.

Y pensé que, después de todo lo que habíamos vivido, quizá una de las cosas más bonitas era esta.

Poder discutir por tonterías.

Poder molestarnos.

Poder reírnos.

Poder tener días completamente normales.

Durante mucho tiempo pensé que volver a tener una vida normal sería aburrido.

Ahora sabía que era un privilegio.

---

Teo había cambiado.

No de una manera que pudiera verse fácilmente.

Seguía siendo paciente.

Seguía escuchando más de lo que hablaba.

Seguía teniendo esa costumbre de mirar a las personas cuando le contaban algo, como si realmente no existiera nada más importante en ese momento.

Pero ahora sonreía más.

Y se permitía descansar.

Eso último me había costado enseñárselo.

—No tienes que trabajar todos los días.

—Lo sé.

—No parece.

—Estoy bien.

—Esa frase me suena conocida.

Me miró.

—¿De dónde?

—De un hombre que conozco.

Teo sonrió.

—¿Es guapo?

—Un poco.

—¿Trabaja en una cafetería?

—Sí.

—Entonces creo que lo conozco.

—Es bastante terco.

—Eso es verdad.

—Y tiene la costumbre de preocuparse por todo el mundo menos por él.

Teo dejó el teléfono sobre la mesa.

—Eso también es verdad.

—Lo sé.

Él tomó mi mano.

—Estoy aprendiendo.

Y lo estaba.

Yo también.

---

Mi vida tampoco era la misma.

Volver con mi familia había sido extraño al principio.

Había días en los que quería mi antiguo departamento.

La independencia.

El silencio.

Mis cosas en cada lugar.

Pero también había días en los que agradecía escuchar a mi madre en la cocina.

Había aprendido a aceptar ayuda.

A pedirla.

A decir cuando estaba cansada.

A no sentir que descansar significaba perder.

Mi enfermedad seguía formando parte de mi vida.

Había días buenos.

Días difíciles.

Días en los que podía hacer todo lo que había planeado.

Y otros en los que tenía que cambiar los planes.

Ya no me enfadaba tanto con eso.

No siempre.

Pero menos.

Había entendido que mi vida no tenía que parecerse a la que imaginé para que siguiera siendo mi vida.

Y Teo nunca intentó convencerme de lo contrario.

Nunca me dijo que todo estaría bien.

Nunca prometió que no volvería a tener miedo.

Simplemente decía:

—¿Qué necesitas?

Y esperaba.

---

Eloísa también había crecido.

Demasiado rápido.

Según Teo.

—Ya no es una niña.

—Lo sé —respondí.

—No me gusta.

—No puedes impedirlo.

—Soy su hermano mayor. Es mi trabajo.

—Tu trabajo es dejarla crecer.

—No estoy de acuerdo con esa parte.

Me reí.

Eloísa apareció detrás de nosotros.

—¿Están hablando de mí?

Teo se enderezó.

—No.

—Sí estaban.

—No.

—Sí.

—No.

Ella me miró.

—¿Qué dijo?

—Que no acepta que estés creciendo.

Eloísa sonrió.

—Lo sabía.

Teo suspiró.

—No le cuentes todo.

—No prometo nada.

Y se fue.

—La has convertido en tu enemiga —le dije.

—Ella empezó.

—Tiene dieciocho años.

—Y es peligrosa.

Me reí.

Teo sonrió.

Y durante unos segundos pude imaginar cómo habría sido su vida si Robert siguiera allí.

Cómo habría visto a Eloísa crecer.

Cómo habría molestado a Teo.

Cómo habría presumido de sus hijos.

Era una ausencia que seguía existiendo.

Pero ya no era una herida abierta.

Era una parte de la historia.

Y Teo había aprendido a vivir con ella.

---

Una tarde fui a la cafetería.

Era uno de esos días tranquilos en los que apenas había clientes.

Teo estaba detrás de la barra.

—Llegas tarde.

—No me dijiste una hora.

—Te estaba esperando.

—Entonces llegué justo a tiempo.

Sonrió.

—Ven.

Me acerqué.

Había un papel doblado sobre la barra.

—¿Qué es eso?

—Nada.

—Cuando dices "nada", siempre es algo.

—No siempre.

Tomé el papel.

Lo abrí.

Eran líneas.

Muchas líneas.

Medidas.

Anotaciones.

Un dibujo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es?

Teo se quedó en silencio.

—Un proyecto.

Lo miré.

—¿Volviste a dibujar?

Asintió.

—Un poco.

Sentí algo dentro de mí. Porque sabía lo que significaba. Durante años, esos dibujos habían permanecido guardados. Arquitectura había sido una vida que Teo había dejado atrás. O eso creíamos.

—¿Qué estás diseñando?

Me quitó el papel con cuidado.

—Todavía no sé.

—Mentiroso.

Sonrió.

—Ven.

Extendió varios planos sobre una mesa.




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