Mientras Tanto

Capítulo Especial IV -El lugar que quedó vacío

Teo

La enfermedad no llegó haciendo ruido.

No hubo una mañana en la que todo cambiara de repente.

Al principio fueron pequeñas cosas.

Mi padre empezó a cansarse más.

Se quedaba sentado durante más tiempo después de subir las escaleras.

Dejó de salir a caminar por las mañanas.

Empezó a decir que estaba cansado incluso después de dormir.

Y cada vez que mi madre le preguntaba si se sentía bien, él respondía lo mismo.

—Estoy bien.

Siempre estaba bien.

Hasta que dejó de estarlo.

---

Yo tenía veinte años.

Seguía estudiando arquitectura.

Seguía teniendo entregas.

Seguía llegando tarde a casa con planos bajo el brazo.

Seguía discutiendo con Eloísa porque entraba a mi habitación sin tocar.

Seguía pensando que mi vida tenía una dirección.

Hasta que un día mi padre dejó de poder acompañarme a la universidad para recogerme.

—¿No vienes? —pregunté.

Estaba sentado en la cocina.

—Hoy no.

—¿Te sientes mal?

—Solo estoy cansado.

Lo miré.

Había algo diferente en él.

No sabía qué.

Quizá era su rostro.

Quizá eran sus ojos.

Quizá era simplemente que yo había empezado a mirar con más atención.

—Puedo quedarme.

Robert negó con la cabeza.

—No.

—Papá...

—Ve a clase, Theodore.

Ahí estaba. Mi nombre completo. Como siempre. Pero aquella vez sonó diferente. Más cansado.

—Está bien. —respondí no muy convencido.

Tomé mi mochila.

Antes de salir, me acerqué y lo abracé.

Él me dio una palmada en la espalda.

—Te veo esta noche. —me dijo.

—Sí.

—Y no te quedes despierto hasta tarde.

Sonreí.

—No prometo nada.

—Lo sabía.

Me fui.

---

Después vinieron los médicos.

Las citas.

Los estudios.

Las conversaciones que mis padres tenían en voz baja cuando pensaban que Eloísa y yo no estábamos escuchando.

Yo empecé a preguntar más.

Mi madre empezó a responder menos.

Robert seguía intentando mantener una rutina.

A veces se sentaba conmigo a revisar mis planos.

Otras veces ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo.

Una tarde llevé una maqueta a la mesa del comedor.

—¿Quieres verla?

Mi padre levantó la mirada.

—Claro.

La coloqué frente a él.

Esperé.

Robert la observó durante unos segundos.

—Está bien.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

Sonreí.

—¿Qué te gusta?

Señaló una parte.

—La luz.

Me quedé quieto.

Era la misma respuesta que me había dado tiempo atrás.

—¿Te acuerdas?

—¿De qué?

—De lo que me dijiste aquella vez.

Mi padre sonrió.

—Te he dicho muchas cosas.

—Que una casa necesita lugares donde entre la luz.

Me miró.

—Ah. —Su sonrisa se hizo más pequeña— Sí. Me acuerdo.

No dije nada.

Él tampoco.

Pero durante unos segundos volvimos a ser los mismos de antes.

Un padre.

Un hijo.

Una maqueta entre nosotros.

Como si nada hubiera cambiado.

---

Pero sí había cambiado.

Mi madre empezó a pasar más tiempo fuera de casa. Al principio decía que necesitaba despejarse. Después dejó de explicar dónde iba.

Había días en los que no contestaba el teléfono. Días en los que volvía a casa entrada la noche. Días en los que se encerraba en su habitación y no hablaba con nadie.

No sabía qué hacer con aquello. Creo que ella tampoco.

Marianne nunca fue una persona que supiera quedarse cuando las cosas dolían demasiado.

Y aquello estaba empezando a dolerle demasiado.

Así que me quedé yo.

Yo aprendí los horarios de los medicamentos.

Yo acompañaba a mi padre a algunas citas.

Yo preparaba la cena cuando mi madre no estaba.

Yo ayudaba a Eloísa con sus tareas.

Yo intentaba seguir estudiando.

Intentaba. Porque había noches en las que abría los planos y no podía entender una sola línea.

Mi cabeza estaba en otra parte. En la habitación de mi padre. En la cocina. En el sonido de Eloísa cerrando una puerta. En el teléfono que no dejaba de vibrar. En el miedo.

Siempre en el miedo.

---

Una noche, mi padre me encontró dormido sobre un escritorio.

Había un plano debajo de mi mejilla.

—Theodore.

Abrí los ojos.

—¿Qué hora es?

—Tarde.

Me incorporé.

—Tengo que terminar esto.

—Mañana.

—Tengo una entrega.

—Entonces termina mañana.

Lo miré.

—No puedo.

Robert se quedó en silencio.

Después se sentó frente a mí.

—Sí puedes.

—No.

—Theodore.

—No puedo. —Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía— No puedo ir a la universidad, volver aquí, ayudarte, cuidar a Eloísa, intentar que mamá esté bien y además fingir que todo está normal.

Mi padre bajó la mirada.

—No tienes que hacerlo todo.

—Alguien tiene que hacerlo. —Silencio. Sentí culpa inmediatamente.— Lo siento.

Robert negó con la cabeza.

—Ven aquí.

Me levanté.

Él me abrazó.

Durante un momento no dije nada.

Después sentí sus manos sobre mi espalda.

—No quiero que dejes de vivir por cuidarme.

Cerré los ojos.

—No estoy dejando de vivir.

—Todavía no.

Aquellas dos palabras me dolieron.

—Papá...

—Solo prométeme algo.

—¿Qué?

—Que si algún día tienes que elegir entre cuidarme y ser feliz, no vas a sentir culpa por elegir tu propia vida.

Me separé un poco.

—No voy a elegir.

Él sonrió con tristeza.

—Eso dices ahora.

---

La enfermedad avanzó.

Más rápido de lo que estábamos preparados para aceptar.

Hubo días buenos.

Días malos.

Días en los que papá podía sentarse conmigo durante una hora.

Días en los que apenas podía levantarse.

Eloísa empezó a entender que algo estaba pasando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.